Jesús y Pedro en Getsemaní, hasta el debido proceso

Por Shesnel Alejandro Calcaño Mena

Cuando Jesús se encontraba en el Getsemaní junto a varios de sus discípulos, ya en víspera de su apresamiento, momentos en los cuales les había comunicado sobre todo lo que le vendría encima y que ese era su fin encomendado por el padre. A la llegada de quienes se disponían a arrestarlo Pedro sacó de su cinto un cuchillo y cortó la oreja de uno de los que acompañaba al sumo sacerdote. Observamos de Jesús una actitud de rechazo a las acciones de su discípulo, el cual se había dejado llevar por sus instintos mas ínfimos a la hora de ver como intentaban arrestar a su maestro, dejando de lado que Jesús ya les había hecho partícipe de lo que iba a suceder.

Jesús, en el momento de que Pedro corta la oreja de uno de los que acompañaba al sumo sacerdote, realiza su último milagro antes de su crucifixión y muerte al colocar nuevamente la oreja en su lugar. Si observamos, la actitud de Pedro es la acción de un ser humano lleno de ira, el cual no se quiere someter a los planes de algo que está por encima de su propio entendimiento. Así como reaccionó Pedro reaccionan aquellos que no saben manejar el poder que se les delega, cortan las orejas y las pieles de quienes tienen en frente, a veces hasta abogando por planes sublimes los cuales solo residen en su cabeza, porque entra en su idea que tienen compromisos con algo más supremo, dejando de lado que existen reglas y pasos a cumplir los cuales obedecen a valores más allá de los intereses particulares, algo que Jesús sí entendía, pero que los límites de Pedro no le permitían entender.

Muchos hemos escuchado la frase debido proceso, hoy más que nunca se coloca nuevamente a la moda, esto no sucede de manera aleatoria, por el contrario surge cada vez que el Estado hace uso de la represión como medida contra el ilícito penal. Es legítimo la persecución de los delitos por parte del Estado, más no debemos dejar de lado que el mismo que reconoce los derechos de las personas es el máximo violador de los derechos de la gente.

Hoy día contamos con un Estado en procura de saciar los deseos o sed de justicia de un gran conglomerado, quieren que se persiga el delito que lacera o laceró a la administración pública. Lo cual es loable por parte de quienes les corresponde realizar esta acción, la cual parece titánica en un país como el nuestro, donde hemos tenido años de total impunidad. Sin embargo, resulta importante cada día más recordar los límites a las actuaciones que deben tener los órganos de persecución penal, debido a que como están manejados por seres humanos los mismos son falibles y apasionados. Podríamos vernos en el espejo brasileño, donde un hombre cometió los más viles atropellos, los cuales hoy años después les son señalados y luego de una gran popularidad se le condena al ostracismo.

El problema de ejercer la persecución penal por y para las masas es que estas no saben lo que quieren, se dejan llevar de sus sentimientos más ínfimos, al igual que lo hizo Pedro a la hora de cortar la oreja, esas mismas masas que hoy estiman que deben colocar en la hoguera a todo el que es señalado es la misma que coloca en cualquier momento al que señala en el patíbulo, porque sus sentimientos cambian de forma tal si fuera el día y la noche. El respeto de las reglas procesales no debe ser selectiva, dejando de lado el derecho que tienen todos los ciudadanos a que se les de un tratamiento de igualdad, pero una igualdad real y no de estantería.

El uso del aparato mediático cada día es más evidente  en nuestro terruño, donde observamos que es más importante lo que se ve por las redes sociales que lo que realmente es. Deberíamos hablar hoy día del marketing penal, donde se elaboran un sin número de informaciones en procura de fomentar el miedo y crear monstruos, los cuales sean vistos por la sociedad como seres despreciables. Todavía recordamos años atrás en las audiencias como se le llamaba a uno de los imputados del caso Odebrecht: “el hombre del maletín”, hoy la producción probatoria muestra que el maletín se está diluyendo, el caso va en un declive el cual no ve parada, más queda en el imaginario de la gente: esa frase construida a través del marketing penal, lo cual el juicio de fondo muestra que los casos son más que palabras.

El desdoblamiento procesal va a tal punto que las audiencias de medidas de coerción, las cuales son solo públicas entre las partes que intervienen, lo que parece  totalmente lógico por el hecho de que la imputación esta todavía en construcción, pero se insiste en hacer todo un montaje tal si fuera Ford Coppola debido a que se observan en las audiencias la descripción de hechos agigantados los cuales están en inicio investigativo, sin que se cuente con pericias que las fundamenten, solo encontrando sustento  simple y llanamente en la argumentación de un “actor” procesal, el cual híper infla los hechos y las calificaciones en procura de lograr un mayor impacto, no en el tribunal, sino  en las redes de manera que se construyan buenos titulares.

El nacimiento de instituciones que vayan en procura de solicitar que se vele por el derecho de todos, debe ser visto de manera positiva. La respuesta al surgimiento de instituciones como esta, no debería caer en críticas por cuestiones de coyuntura, máxime cuando instituciones que en un momento nacieron para amparar las ideas de los grupos económicos y hacerlas llegar mediante figuras del derecho, hoy día podemos decir que son instituciones con fuertes raíces.  Por lo cual, el observatorio para un justo proceso, resulta ser un buen espacio donde no sólo se encuentran grandes figuras del derecho de siempre, sino también de esta nueva ola de abogados penalistas y constitucionalistas, los cuales han ido calando su espacio en los tribunales. Pienso que al igual que aquellos que tienen grandes espacios, y que se consideran con el único derecho de opinar desde su “independencia”, los otros también tienen derecho de levantar la voz en contra del populismo penal y el relajamiento de las garantías.

Sobran los motivos por los cuales reivindicar el debido proceso y sus distintos hilos que conectan la justicia constitucional con la justicia penal, hoy por hoy debemos salir en procura de exigir el respeto al debido proceso, máxime cuando nos empujamos ante la persecución penal populista en procura de saciar el hambre de justicia social que tienen los y las dominicanas, que si bien es cierto resulta oportuna ante los destrozos políticos a los cuales nos han sometido por años, no menos cierto es el hecho de que todo aquel que es sometido a un proceso penal debe constitucionalmente establecido gozar de todas las  garantías que al efecto se consignan, las cuales no son limitativas y deben como los derechos fundamentales ir siempre en favor de quien se encuentra bajo el mazo del tribunal.

Así como Jesús entendía de los planes supremos, en ese mismo entorno de ideas, la colocación de las garantías del debido proceso en la constitución va más allá de los intereses de los actores de turno. Procurar por la estabilidad del Estado va en búsqueda de que no se use la justicia penal para perseguir a los enemigos o que a la postre sea usada para perseguir por las ideas disidentes. Todos los actores procesales deben ir en busca de la ejecución de la conciencia funcional, donde sus acciones se enmarquen más que en búsqueda de catapultar su imagen o pensar en las repercusiones de sus decisiones, en la protección del Estado Constitucional y de Derecho, esto último está por encima hasta de su propia existencia.  Las reglas establecidas tienen como fin permitir una vida social más sana y respetuosa de los valores que constituyen la organización. De no existir límites, entonces estaríamos sumidos ante la voluntad de quienes ostentan el poder en un espacio determinado de tiempo. Pudiendo volver a la crucifixión, simplemente por intereses de una parte o por odio de quienes no entienden los valores a los cuales debe estar sujeta la sociedad.

 

Por Shesnel Alejandro Calcaño Mena

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