Réquiem por la “Masa silente”

Por Francisco S. Cruz martes 24 de octubre, 2017

El Dr. Joaquín Balaguer –“Padre de la Democracia” (¡válganme Dios!) y quien fuera Presidente del país en siete ocasiones-, apelaba con frecuencia, en sus discursos y arengas de campañas, a un segmento o franja poblacional que llamaba con el eufemismo sociológico-político de “masa silente”, para referirse a aquellos ciudadanos que no estaban inscritos en ningún partido político, pero, que, en su opinión,  eran los que decidían, a última hora, las elecciones nacionales. Por supuesto, el caudillo de Navarrete, no cifraba toda su esperanza, o ambición de poder, en esa legión de votantes “silentes”, sino que también se aseguraba sus “triunfos electorales” -como los llamó, alguna vez, su delegado político por antonomasia, el extinto Dr. Juan Olivero Feliz– vía otras malas artes (llámese: chicanas y fraudes electorales).

De modo que, si finalmente, se termina consignando -en la ley de Partidos Políticos- la modalidad única de primarias abiertas, se estaría asistiendo al entierro de esa categoría sociológica-política que el Dr. Joaquín Balaguer aportó al diccionario político dominicano, pues, a partir de esa nueva realidad ya no habrá “masa silente” en la sociedad dominicana, si no, simpatizantes coyunturales y de paso de los partidos políticos con derechos a participar y a decidir en los procesos eleccionarios internos de esas agrupaciones políticas.

Con ello, tal vez, estemos dando un salto cualitativo hacia una democracia más participativa, mas incluyente; y probablemente –¿quién sabe?-, a una sociedad más abierta y democrática. Pero también, se corre el riesgo, si se hace de golpe y porrazo, de que, efectivamente, el atractivo de hacer carrera política en un determinado partido político no tenga mucha razón de ser, pues, a final de cuentas, el esfuerzo, compromiso y trayectoria de identificación política-ideológica con un partido político, quedaría igualado con el de aquel ciudadano –registrado en el padrón de la JCE- que el día de las primarias sale a pasear y decide –por interés cívico o, ganas de curiosear- participar. Además, pregunto: ¿quién quita, que ése ciudadano, alegue que, como en toda democracia,  además de votar tiene derecho a ser candidato del partido que mejor le parezca –dado que podrás sufragar en uno u otro-?

Lo anterior, amén de que si, actualmente, es poca la dedicación de las jerarquías de los partidos políticos a sus organizaciones: ¿que lo será cuando el grueso de sus militantes y simpatizantes sean todos los ciudadanos inscriptos en el padrón de la JCE?

Me imagino, que tal partido político –¡el más mayoritario de todos!- sería tan difícil de dirigir y narigonear que terminaríamos teniendo el partido, por excelencia, de zafras electorales. En otras palabras, que ese partido –de ciudadanos políticos-coyunturales, y que hace rato existe- quedaría, definitivamente, institucionalizado.

Finalmente, quien escribe no es un contrario, a rajatabla, de las primarias abiertas -¡Dios me libre!-, si no, contrario a que los procesos políticos y electorales –y las leyes sobre ellos- se traten y se decidan a la carrera, traído por los moños; o peor, enfocado en el exclusivo dilema de primarias cerradas o abiertas, cuando también existe –como en Chile- la modalidad de primaria optativa (Es decir, aquella mediante la cual un partido político -o varios de ellos- tiene la opción –por ley- de celebrar sus procesos leccionarios internos con sus registros de miembros y militantes).

Es más, para el caso nuestro, consignar esa modalidad –la de primaria optativa- le ahorraría al país tantos ruidos y piruetas jurídicas-constitucionales; pero, además y, en última instancia, devolvería el debate al seno de los partidos políticos que es donde el tema debe resolverse a través de la concertación, el diálogo –plural y amplio- y pensando en el país y las instituciones.

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