RESUMEN
Hace poco tiempo, en una reunión informal, un amigo abogado declaró que las mujeres eran más inteligentes que los hombres. A su juicio, lo había confirmado comparando el desarrollo de su hija con el de sus dos hijos. Esta sugerencia suscitó una discusión que nos ha motivado a escribir sobre el tema.
Aunque históricamente los hombres han aportado más al avance de la ciencia, la tecnología, las artes y la literatura, no menos cierto es que las mujeres han tenido menos oportunidades para proyectarse intelectualmente.
Considerando esas limitaciones históricas y sociales ¿Cómo podemos evaluar el potencial intelectual de la mujer?
Desde el punto de vista del desarrollo de la personalidad, la niña aprende a controlar los esfínteres antes que el niño y aprende a hablar antes que el varón. Su tendencia a la pasividad y su propensión a acatar las normas las convierten en una estudiante más aplicada y mejor organizada. Cualquiera que haga un esfuerzo por recordar a sus compañeros y compañeras de estudio, podrá reconocer la gran cantidad de mujeres brillantes que le acompañó durante sus años de estudiante.
Sin embargo, también tendrá que admitir el número relativamente reducido de compañeras que se destacaron intelectualmente. ¿Qué factores sociales y culturales pueden incidir? En primer lugar, es necesario tener en cuenta que la sociedad occidental, esencialmente falocéntrica, discrimina a la mujer y limita sus posibilidades de incidencia social. Además, también es necesario considerar el rol de la mujer como agente socializador en el seno de la familia y como garante de la inteligencia emocional de su descendencia.
En ese sentido, conviene destacar que aun cuando nos beneficiaríamos si contáramos con una participación mayor de la racionalidad femenina en la vida social, no es menos cierto que nos perjudicaríamos si las mujeres descuidaran su papel como garantes de esa urdimbre afectiva que garantiza la seguridad básica del ser humano.
Quizás una solución sea formar más al hombre para atender a los asuntos familiares y permitir de ese modo a la mujer una mayor incidencia a nivel socio-cultural.
Por: Dr. Huberto Bogaert García
Psicólogo clínico – Psicoanalista
