Don Johnny, el Caballo del pueblo

Por Daniel Beltré Hijo

En los Platanitos

−¿Y es verdad que Johnny Ventura viene para acá? −Me preguntó discretamente una señora muy mayor y cariñosa. Ella no lo podía creer y yo de paso me abstraía del hecho de que mi candidato era una súper estrella.

La idea no era hacer una fiesta, pero sin proponérnoslo en la calle principal y los callejones de Los Platanitos se sentía un ambiente de alegría y entusiasmo. Al medio día recibiríamos a don Johnny, nuestro candidato a alcalde del Distrito Nacional.

Había música, la gente bailaba sus merengues, poco importaba a qué partido político simpatizaba. Los vecinos nos habían preparado una carpa en donde jóvenes artistas enseñaban a los niños a pintar. Decenas de niños realizaron hermosas obras de arte representando sobre lienzos la ciudad que soñaban; el resultado fue impresionante porque los niños hicieron bellezas.

Doña Marcia, una mujer emprendedora de la comunidad, preparó unos plátanos con bacalao para almorzar con los amigos del barrio.

Miré a los ojos a aquella simpática señora y le contesté: −Sí, es cierto, el Caballo Mayor viene a dejar abierto el almuerzo.

−Ah pues yo lo voy a esperar −Me respondió visiblemente emocionada.

Don Johnny llegó y, carismático como siempre, comió una porción de bacalao y platanitos, dijo a las mujeres que lo servían que estaban buenos y todo el mundo se echó a reír. Luego, con mucha calma se adentró en el barrio para tomar notas del grave problema social y ambiental de esta comunidad, una laguna de aguas residuales foco de enfermedades y contaminación; él explicó a los comunitarios su brillante visión del tema; tenía una comprensión muy moderna del problema, y habló del posible aprovechamiento energético de las aguas residuales.

En el Congreso

Sentía mucho orgullo de don Johnny. Meses antes habíamos agotado largas jornadas de lucha en defensa de nuestra Constitución y él estaba al frente. Cuando el Congreso fue rodeado por tanquetas y armas de guerra, se habían instalado mesas para firmar una declaración exigiendo respeto a la Constitución; miles de dominicanos acudieron a manifestar su apoyo.

Una mañana me presenté a firmar la declaración y don Johnny estaba ahí; cuando concluí me acerqué a saludarlo. Fue un momento difícil, porque justo su hijo Jandy Ventura, bastante preocupado, le exigía a su padre que se retirara del lugar puesto que constituía un riesgo para él; don Johnny se resistió y le dijo que estaba cumpliendo un deber patriótico y que permanecería en el lugar. Al ver esa escena yo quedé muy impactado.

La lucha continuó siendo ardua, apenas empezaba. Cuando habíamos ganado la batalla por el respeto a la Constitución e impedimos que el presidente de turno violentara los límites constitucionales a su mandato, entonces inició otra fase muy difícil: el fraude del 6 de octubre, la fundación de un nuevo Partido, la Fuerza del Pueblo, arbitrariedades de todo tipo en contra de la nueva formación política, intentos de fraude en las elecciones municipales, suspensión de las elecciones, protestas. La Democracia dominicana estaba al borde del precipicio.

El himno de la resistencia democrática

En ese dramático contexto tuve el inmenso honor de vivir otra experiencia junto a Johnny Ventura. Una noche, la dirección política de la circunscripción 1 del Distrito Nacional celebraba una asamblea con más de 500 dirigentes de Fuerza del Pueblo. Entonces, recibíamos a nuestro flamante candidato a alcalde. Nosotros éramos un equipo de verdaderos soldados, a pesar de todos los embates sufridos hasta ese momento, manteníamos la moral alta, no había descanso y sabíamos lo que se estaba disputando: la Democracia.

En esa asamblea Don Johnny tomaría la palabra, se había anunciado que el candidato quería comunicarnos una nueva estrategia. Recién se habían suspendido las elecciones municipales y la Plaza de la Bandera estaba cada vez más enardecida.

A partir de ese día yo me convencí de que don Johnny era un genio, un conocedor de este pueblo y de su idiosincrasia, pero de una manera casi misteriosa. Él se sentía y se sabía un gladiador y esta vez estaba dispuesto a luchar con su arma más fulminante.

−Quiero compartir con este equipo de hombres y mujeres, del cual me siento muy orgulloso, una primicia −dijo Don Johnny.

Yo le escuchaba muy atento, preguntándome cuál sería esa primicia. El país estaba en medio del caos y si bien la indignación colectiva había cohesionado a la oposición, nuestras adherencias comenzaban a atomizarse, porque lo que era una carrera o competencia política pronto se convertiría en una lucha patriótica y democrática común. En ese momento, no era fácil verlo, pero el día en que se suspendieron las elecciones en muchos recintos de votación Johnny Ventura alcanzaba porcentajes elevados de votación, luego eso cambiaría.

Don Johnny prosiguió, hoy les quiero compartir algo por primera vez: −Por favor, pongan el merengue. Y fue ahí cuando me traicionó la juventud y la inexperiencia y me dije: ¿en serio, un merengue? Todos llevábamos el ceño muy fruncido, porque estábamos en medio de una crisis democrática.

Lo escuchaba, si bien el silbido que interrumpía la melodiosa sinfonía me encantaba, no me convencía; tampoco entendía cómo un merengue iba a cambiar de forma dramática el rumbo de las cosas. Luego el merengue decía básicamente una sola cosa: “Se van, se van, se van, ya se van…”

Ustedes ya conocen el resto de la historia. Este merengue fue un movimiento político en sí mismo. No había lugar en el país en donde no lo cantara la gente, no importaba la edad o la clase social, era el himno de la resistencia democrática.

Estoy convencido de que esta fue la última gran victoria política de don Johnny Ventura y lo hizo a través de la música, a través del merengue.

¡Qué genio! ¡Descansa en Paz!

 

Por Daniel Beltré Acosta

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