RESUMEN
Lo que vimos en Nepal hace poco y lo que ocurrió ahora en Paraguay parecen capítulos de una misma historia: una juventud cansada de la corrupción, conectada por las redes sociales y con una capacidad inédita para poner gobiernos contra las cuerdas. Se hacen llamar Generación Z y, a diferencia de las generaciones anteriores, no tienen paciencia ni estructuras partidarias que los frenen.
En Nepal, bastó la suspensión de algunas redes sociales para que miles de jóvenes salieran a las calles. La chispa digital encendió una rabia más profunda: el hartazgo frente al nepotismo y la corrupción. El resultado fue contundente: la caída del primer ministro y su gabinete. Allí quedó demostrado que esta generación no necesita sindicatos ni partidos para movilizarse; le basta un hashtag y símbolos de cultura pop, como la bandera de One Piece, para convocar a multitudes.
Ese mismo patrón se repite ahora en Paraguay. Bajo el lema “Somos el 99.9 %. No queremos corrupción”, cientos de manifestantes, muchos jóvenes, marcharon contra el gobierno de Santiago Peña. Otra vez vimos las banderas de anime mezcladas con las nacionales, otra vez la protesta desbordando las formas tradicionales. Y, como ya se ha vuelto costumbre, otra vez la tensión con la policía, los gases lacrimógenos, los detenidos.
Lo interesante y peligroso es la mezcla: protesta legítima contra la corrupción, pero también una anarquía latente, sin liderazgo claro ni propuestas concretas. La indignación se desborda, pero no siempre construye. En Nepal se tumbó un gobierno, sí, pero el vacío de poder sigue siendo un problema. En Paraguay, la protesta apenas comienza y ya dejó un saldo de heridos y detenidos.
Esto debería encender una alarma en América Latina. Con niveles crónicos de corrupción, servicios públicos precarios y una juventud digitalmente conectada a narrativas globales, el escenario está listo para que estas movilizaciones se multipliquen. Y la pregunta de fondo es incómoda: ¿puede esta generación transformar su rabia en cambios sostenibles, o solo abrirá la puerta a más inestabilidad?
Porque no nos engañemos: los gobiernos de la región parecen más preocupados en blindarse que en escuchar, más atentos a reprimir que a responder. Y mientras tanto, los jóvenes ya aprendieron a organizarse fuera de los canales oficiales, con un poder de movilización que no respeta fronteras.
La Generación Z está marcando el pulso político de esta década. Si los Estados siguen ignorándolos, lo que hoy es protesta puede convertirse mañana en anarquía. Y cuando la anarquía se normaliza, la democracia empieza a tambalear.
Por Yelandra Sánchez Carbonell
