Eugenio María de Hostos, el invitado de Miguel Collado

Por Miguel Collado

Duarte*

Por Eugenio María de Hostos

 

En el seno de esa sociedad embrionaria, mucho más embrionaria todavía cuando la dominaban los haitianos y estuvieron a punto de absorberla, nació el primer dominicano.

Llamábase Duarte, y tenía nombres bautismales, buena alcurnia, antecedentes de familia y cuanto la biografía aprovecha para enaltecer la personalidad que ensalza.

A nosotros baste el apellido: con él basta, porque ese es el nombre que ilustró el primer patriota quisqueyano, y ese es el que con la historia de su triste patria lo conoce.

Duarte, enviado a España por sus padres, se educó y adquirió allí la tenacidad de propósitos de que dio ejemplo hasta el momento de su muerte.

Viendo esclava de esclavos emancipados a Quisqueya, antes de volver a su seno había resuelto, y al volver llevó a cabo, la independencia del vergonzoso yugo.

Sólo al principio, no muy acompañado nunca, pero acompañado en las horas de la propaganda y de la acción por un grupo de discípulos suyos en patriotismo, empezó por organizar el grupo en una asociación que llamó La Trinitaria, porque tres fueron con él los hombres de su derecho y deber que asumieron la formidable responsabilidad de personificar la dignidad de la nación esclava.

Esos tres, reuniéndose en secreto, trabajando en silencio, burlando vigilancias y celadas, no tardaron en llegar a diez. Cada uno de los diez se obligó a formar y concluyó por formar tantos grupos de diez cuantos eran ellos, y cada uno de ellos fue el jefe del grupo que formó. El grupo no conocía más que a su jefe particular, el instinto por una parte, y por otra parte la conocida actitud rebelde de Duarte insinuaba a todos que él era el alma y

el jefe de la rebelión a que todos cooperaban.

Merced a este seccionamiento de los revolucionarios, lograron por algún tiempo sustraerse a la persecución de que fueron objeto en cuanto las autoridades haitianas tuvieron noticia de la formación de aquel grupo de desafectos.

Formación de grupos de desafectos, se dice, porque, aunque el gobernador haitiano de Santo Domingo sabía que todos los dominicanos eran desafectos, hasta entonces no se habían constituido en un cuerpo tangible y coercible; y para que hubiera un alma.

Harto se supo, desde el regreso de Duarte a su patria, por la contenida expresión de encono en su fisonomía, por las medias palabras que alguna vez se le escapaban, por la simpatía que despertó en la juventud, por la vehemencia con que desde el primer día se dedicó a la instrucción de cuantos querían recibirla, que él era el alma capaz de animar y sostener aquel cuerpo de rebeldes. Harto por experiencia se sabía también que ningún otro antes que é1 había sido capaz de dar el alma que necesitaba un grupo de revolucionarios organizados para la acción.

En consecuencia, contra Duarte se apuraron todas las astucias de la política secreta, todas las asechanzas del espionaje y todo el celo criminal que despliegan los servidores de un gobierno impuesto por la violencia.

Así era como el generoso patriota se veía continuamente interrumpido en su tarea de educador, y vivía en continuo sobresalto burlando con una conducta pública llena de reserva, la vigilancia al principio, la asechanza, después, la persecución al fin.

El fin llegó en 1844. Pocos días antes del 27 de febrero de aquel año, que era el día convenido por los conspiradores, Duarte fue preso y expulsado del país.

Mas como ya estaba hecho todo lo que había que hacerse dos discípulos del primer quisqueyano, Sánchez, el segundo hombre de la revolución de la Independencia contra Haití, y el tercer hombre de esa revolución, Mella, no faltaron al puesto que se les había

designado, y a prima noche del 27 de febrero se apoderaron, con algunos compañeros fieles, del baluarte del Conde, de donde merced a la rapidísima adhesión, armada de todos los habitantes del contorno rural, pudieron al día siguiente imponer una capitulación al gobernador de la plaza, demostrando la rapidez y la felicidad de aquella hazaña, que no costó una gota de sangre, hasta qué punto carecía de raíces la ignominiosa dominación que había durado 22 años.

Es verdad que la lucha que así empezó, después se hizo cruenta, y duró hasta 1856, pero ya no fue una lucha de emancipación, sino una guerra internacional.

Para entonces ya había vuelto Duarte al país; mas como acontece con hombres consagrados con desinterés y buena fe a la obra a que dan cima, otros más ambiciosos lo suplantaron, y no contentos con suplantarlo, lo persiguieron como enemigo; y tuvo que expatriarse.

Expatriado vivía en Venezuela, cuando en 1865 se divulgó por el mundo la noticia de la forzada anexión de Quisqueya a España.

Duarte no vaciló, y se presentó de nuevo en la patria de donde lo había desterrado la ambición.

Aquí fue un nuevo sacrificio, aún más doloroso que el de la expatriación. Los hombres nuevos que se habían puesto a la cabeza de los restauradores del orden nacional trastornados por la anexión, temerosos también de que Duarte les hiciera sombra, le hicieron tan dura su generosa participación en los azares de la lucha, que, no bien terminada felizmente para la patria de nuevo redimida, se volvió a Venezuela.

Allí, prefirió todas las tristezas de la soledad, del trabajo no bien recompensado, de la desconsideración de los indiferentes, de la miseria y del abandono de propios y extraños, antes que volver a ser calumniado entre los suyos.

Allí murió en indigencia tan completa, que a veces, dicen tenía que sumergirse en el fondo de los bosques venezolanos para disimular su falta de sustento o acaso para pedir a las plantas lo que ellas dan generosamente a los hambrientos.

Cuando a nadie podía hacer sombra, Duarte fue repatriado a la patria que él fue el primero en querer libre; pero ya no era más que un poco de polvo.

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(*) Tomado de: Miguel Collado, compilador-editor. Visión de Hostos sobre Juan Pablo Duarte. 2.a edición. Santo Domingo, Rep. Dom.: Centro Dominicano de Estudios Hostosianos / Academia de Ciencias de la Rep. Dom., 2021. Págs. 31-36.

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