RESUMEN
A veces, lo que no se dice pesa más que lo que se repite
A propósito de la próxima Mesa de Diálogo sobre Haití, es necesario ir más allá de las declaraciones diplomáticas y preguntarnos: ¿realmente se está dispuesto a hablar con honestidad sobre la crisis migratoria? Porque hasta ahora, el tema ha sido tratado más como una herramienta política que como una realidad compleja que necesita soluciones de fondo. El gobierno dominicano, en vez de proponer una visión clara y responsable, ha preferido culpar a gestiones pasadas por el desorden actual. Y mientras tanto, responde solo cuando hay crisis, sin tocar el verdadero origen del problema.
No es casualidad. El gobierno ha preferido hacer lo que se ve, no lo que realmente cambia las cosas. Deportaciones masivas, militares en la frontera y, sobre todo, el famoso muro. Esa ha sido su receta. El muro, vendido como símbolo de defensa nacional, ya ha causado roces con Haití, incluyendo conflictos en la delimitación territorial. Pero más allá del escándalo diplomático, ese muro no arregla lo que de verdad importa: no soluciona la falta de una política migratoria clara, no combate la corrupción dentro de las instituciones que manejan el tema, y no enfrenta la gran contradicción de fondo: usamos mano de obra haitiana en el campo, la construcción y los servicios, pero al mismo tiempo rechazamos y estigmatizamos a quienes la proveen.
Mientras aquí se levantan muros, en Estados Unidos ocurre algo muy distinto. El gobierno estadounidense acaba de declarar a las pandillas haitianas como organizaciones terroristas. ¿Qué significa esto? Que perseguirán a cualquier persona que, desde EE.UU., esté enviando armas o dinero a estos grupos. “Iremos tras de ti”, dijeron sin rodeos. Eso sí es atacar el problema real: cortar el financiamiento, ir tras los culpables, desmontar las redes. No poner parches.
Y aquí es donde se ve la diferencia. Nosotros contenemos personas. Ellos atacan estructuras. Una cosa es el símbolo, otra la solución real.
Canadá también se movió. Sancionó a empresarios haitianos que, según sus investigaciones, han ayudado a financiar a las pandillas. Lo delicado es que varios de esos empresarios tienen negocios grandes en República Dominicana: inversiones en energía, alianzas con empresarios locales, vínculos comerciales que no son menores. Eso nos obliga a mirar hacia dentro. El problema no es solo de Haití. También hay intereses y complicidades en nuestro propio territorio.
Entonces, ¿por qué el gobierno dominicano sigue apostando a lo simbólico? Hay tres razones principales.
Primero, porque eso da puntos en las encuestas. Muchos dominicanos sienten miedo o rechazo frente a la migración haitiana, y mostrar mano dura rinde políticamente. Segundo, porque permite distraer. Mientras se habla del “problema haitiano”, se deja de hablar de otros problemas más urgentes: el costo de la vida, la falta de hospitales, las escuelas en mal estado, la inseguridad.
Y tercero, porque así el gobierno puede venderse ante el mundo como un defensor de la soberanía, como si eso lo convirtiera automáticamente en un buen gobierno.
Pero esta estrategia, aunque útil a corto plazo, no cambia nada a largo plazo. Es populismo moderado: mucha bulla, pocos cambios. Seguimos sin una política migratoria seria. Con leyes ambiguas, instituciones débiles y un sistema económico que se beneficia de los migrantes, pero no tiene interés en regular su situación.
Si la Mesa de Diálogo no entra en lo profundo, si no se atreve a decir verdades incómodas, será solo otra reunión con muchas palabras y pocas acciones. Y si el muro sigue siendo el símbolo de nuestra política, entonces estamos encerrándonos en una jaula que nosotros mismos estamos construyendo: una jaula de desconfianza, doble moral y un conflicto sin fin.
Por: Yelandra Sanchez Carbonell.
