Repasando un artículo de opinión del diario colombiano El Espectador, titulado “Trump Leviatán”, escrito por Álvaro Forero Tascón y publicado el 10 de marzo de 2025, se presenta una analogía que no es ni casual ni meramente retórica. El análisis que sigue se aborda desde una perspectiva de realismo político, centrada no en juicios morales o normativos, sino en la funcionalidad del poder, el ejercicio efectivo de la soberanía y la respuesta del Estado ante el colapso del orden.
El Leviatán no es una metáfora improvisada ni un insulto contemporáneo. El concepto proviene de Thomas Hobbes, quien en Leviathan (1651) definió al Leviatán como el Estado soberano absoluto, concebido para imponer orden cuando la sociedad cae en la “guerra de todos contra todos”.
Desde una perspectiva operativa, el Leviatán se caracteriza por:
1. Concentrar el poder
2. Establecer quién manda
3. Definir quién es el enemigo
4. Imponer orden, incluso cuando ello resulta incómodo, coercitivo o violento
No se trata de un modelo democrático en su espíritu, sino funcional en su lógica. El Leviatán no surge para agradar ni para deliberar; surge para evitar el colapso del sistema.
El Leviatán como forma de liderazgo
Desde esta lógica, el Leviatán no es solo una forma de Estado, sino también una forma específica de liderazgo. Hablar de liderazgo de tipo Leviatán no es hablar de carisma ni de retórica, sino de ejercicio real de soberanía.
Este tipo de liderazgo:
1. Reduce o neutraliza instituciones intermedias que diluyen el poder
2. Centraliza las decisiones estratégicas en el núcleo del Estado
3. Utiliza el conflicto como mecanismo de orden y control
4. Redefine aliados y enemigos sin someterse a consensos permanentes
5. Prioriza orden, fuerza y disuasión sobre legitimidad moral abstracta
Esto no es liberalismo clásico. Es soberanía dura.
Quien califica a un Estado o a un líder como Leviatán suele hacerlo con temor, porque reconoce una realidad incómoda: ya no se gobierna por equilibrio, sino por autoridad.
Leviatán vs. Estado liberal: el choque estructural
Aquí está el punto que muchos evitan discutir con honestidad.
El sistema liberal occidental atraviesa una crisis profunda de autoridad, visible en:
1. Fronteras débiles o simbólicas
2. Estados capturados por burocracias y tecnocracias
3. Seguridad fragmentada, privatizada o externalizada
4. Narrativas morales incapaces de ejercer coerción real
En estas circunstancias, el Leviatán reaparece como un antídoto brutal:
1. Restablecer mando
2. Restablecer jerarquía
3. Restablecer el temor al Estado como último garante del orden
Eso es el Leviatán: no porque sea ilustrado, sino porque se atreve a ejercer soberanía cuando otros solo administran decadencia.
¿Insulto o reconocimiento? Depende de quién lo pronuncie.
Para el sector liberal, ONG, prensa global y académicos normativos, “Leviatán” equivale a peligro autoritario. Para realistas políticos, estrategas y aparatos de seguridad, “Leviatán” significa que el Estado volvió a mandar.
La ironía es evidente: se le llama monstruo porque funciona donde el sistema previo fracasó.
Lo que muchos prefieren no mirar
Si la figura del Leviatán incomoda, la pregunta no es moral; es estratégica: ¿Prefieres un Estado débil, éticamente impecable, pero incapaz? ¿O un Estado fuerte, imperfecto, pero operativo?
Evitar este dilema no es prudencia. Es autoengaño político.
Sin fanatismo ni demonización
El Leviatán no es una anomalía histórica; es una respuesta. Surge cuando el sistema existente deja de proteger:
1. Fronteras
2. Seguridad interna
3. Identidad política
4. Poder nacional
Cuando eso ocurre, las sociedades no piden discursos; piden fuerza, orden y decisión. Hablar del Leviatán no es exageración retórica. Es nombrar un fenómeno concreto: el retorno del Estado soberano, coercitivo y centralizado, en una era donde el poder fue diluido, fragmentado o moralizado hasta la inoperancia.
No es poesía política.
Es diagnóstico de crisis.
Y quien no entienda esto seguirá creyendo que el problema es el líder, cuando en realidad el problema es el vacío de autoridad que lo hizo inevitable.
Por Yelandra Sánchez Carbonell
