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5 de abril 2026
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OpiniónHéctor RamírezHéctor Ramírez

Venezuela: petróleo, poder y la verdadera disputa por el orden energético

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RESUMEN

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La pregunta sobre Venezuela suele formularse de manera directa: ¿es el petróleo la razón central de la presión y la intervención internacional sobre el país? La respuesta breve es no. La respuesta correcta es más compleja: Venezuela no es decisiva por la cantidad de petróleo que produce hoy, sino por el papel estratégico que su petróleo ha jugado —y puede volver a jugar— en la disputa por influencia global.

En términos estrictamente cuantitativos, Venezuela produce alrededor de 900 mil a un millón de barriles diarios, lo que equivale a cerca del 1 % del suministro mundial, en un mercado que oscila entre 95 y 100 millones de barriles por día. Desde esta perspectiva, el país no tiene capacidad para mover por sí solo los precios internacionales ni para provocar un shock estructural de oferta comparable al de los grandes productores. Medido únicamente en volumen, Venezuela no es un actor dominante del mercado petrolero mundial.

Sin embargo, analizar Venezuela solo en términos de barriles es un error. Su relevancia surge de una combinación poco frecuente de factores: las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, un crudo mayoritariamente pesado y extrapesado difícil de sustituir, y una historia reciente de inserción en redes energéticas paralelas que escapaban al sistema tradicional dominado por Occidente. Ese petróleo no fluía únicamente como mercancía, sino como vehículo de alineamiento político y económico.

Durante la última década, Venezuela se integró a circuitos de suministro donde China fue el principal comprador, apoyada por esquemas logísticos, financieros y políticos en los que Rusia e Irán jugaron un papel relevante. A través de descuentos significativos, financiamiento opaco y rutas de transporte alternativas, el petróleo venezolano permitió a estas potencias consolidar presencia e influencia en América Latina.

Es en ese contexto que debe entenderse el movimiento de Estados Unidos para influir en la distribución del petróleo venezolano. No responde a una necesidad energética inmediata. Estados Unidos es ya el mayor productor individual del mundo, y su seguridad energética no depende de esos barriles. El objetivo es estratégico: desactivar un eje que había facilitado la expansión de China, Rusia e Irán en una región que Washington considera central para su proyección de poder.

Desde el punto de vista del mercado global, el impacto inmediato de esta reconfiguración es limitado. Venezuela es demasiado pequeña en volumen para alterar estructuralmente la oferta mundial y, además, el mercado entra en esta etapa con signos claros de sobreoferta.

El riesgo aparece en el peor escenario. Interrupciones prolongadas de producción, mayores sanciones, incremento de primas de seguro, rutas de transporte más riesgosas y una creciente fragmentación del comercio energético pueden generar tensiones específicas.

Venezuela no es el botín, sino el tablero. No es el origen del conflicto global, pero sí uno de los escenarios donde esa disputa se manifiesta de forma más visible y directa. Lo que está en juego no es solo petróleo, sino quién controla los circuitos, define las alianzas y establece las reglas del sistema energético internacional.

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