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2 de abril 2026
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OpiniónOBED PICHARDOOBED PICHARDO

¿Una sociedad sin propósito?

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RESUMEN

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Durante la última década, los avances tecnológicos han impulsado a la sociedad global hacia un salto cualitativo sin precedentes, transformando profundamente la manera en que las personas se comunican. La velocidad y la accesibilidad de los medios digitales han superado ampliamente a los métodos audiovisuales tradicionales, permitiendo que cualquier individuo, con tan solo un dispositivo electrónico y acceso a internet, pueda expresar sus ideas y opiniones frente a distintos hechos sociales. Este fenómeno ha democratizado la comunicación y ampliado los canales de participación de los ciudadanos de a pie, pero al mismo tiempo ha generado nuevos desafíos éticos, morales y educativos.

En la actualidad, vivimos en una sociedad hiperconectada, donde los acontecimientos ocurridos en cualquier rincón del planeta pueden ser conocidos casi en tiempo real. Sin embargo, esta constante exposición a la información ha ido configurando un tipo de individuo cada vez más individualista, ensimismado y dependiente de la validación social. La facilidad de conexión ha moldeado una sociedad aparentemente más comunicada, pero paradójicamente más encerrada en lo emocional y en lo interpersonal. Las relaciones humanas parecen haberse trasladado hacia un plano virtual en el que la inmediatez, lo superficial y lo fácil parecen imponerse a la profundidad de pensamiento.

Si bien es cierto que los beneficios de la digitalización no se pueden negar, tales como el acceso a la información y el conocimiento, la eficiencia en procesos diversos y nuevas oportunidades laborales, también es cierto que la humanidad enfrenta un panorama incierto. La facilidad con la que cualquier persona puede producir y difundir información, sin filtros ni criterios de veracidad, ha dado paso a una era de desinformación y degradación del conocimiento. Esta situación plantea un reto importante para los sistemas educativos y para las instituciones encargadas de formar profesionales socialmente comprometidos.

En ese sentido, los programas de formación universitaria se ven amenazados en su propósito fundamental: preparar a los ciudadanos para insertarse en el aparato productivo y contribuir al bienestar colectivo. Y así, en el mundo digital ha surgido un fenómeno, en cierto modo preocupante: el mercado de los denominados influencers. Este grupo, compuesto mayoritariamente por jóvenes, ha transformado la manera en que se concibe el trabajo y el éxito.

Un número creciente de adolescentes y adultos jóvenes aspiran hoy a dedicarse a esta actividad, percibida como una vía rápida para obtener reconocimiento y recursos económicos, aunque muchas veces carezca de fundamento académico o alineación con la moral.

El peligro de esta tendencia radica en que, con notables excepciones, la lógica del “influencer” suele promover antivalores, superficialidad y el desinterés por lo realmente productivo. La exposición en las redes se convierte en un fin en sí mismo, desplazando la importancia del esfuerzo académico, la formación integral y el pensamiento analítico o crítico. En consecuencia, las profesiones tradicionales y las vocaciones de servicio social corren el riesgo de ser relegadas a un segundo plano, mientras se fortalece una cultura del espectáculo, la inmediatez, la ineptitud y la estupidez.

En ese sentido, algunos países han comenzado a adoptar medidas de regulación. Un ejemplo emblemático es China, que bajo el liderazgo de Xi Jinping ha impulsado la campaña denominada Qinglang, orientada a “limpiar” el ciberespacio. Como parte de esta iniciativa, el gobierno exige que toda persona que desee desempeñarse como influencer y tratar temas específicos como medicina, derecho, finanzas o educación, cuente con un título académico que lo acredite en la materia correspondiente. Esta política busca proteger a los usuarios de la desinformación y promover un entorno digital más responsable y educativo.

Ante todo lo dicho, se hace urgente reflexionar sobre el tipo de humanidad que queremos y la que se está construyendo y sobre los valores que guiarán a las próximas generaciones. Solo mediante una conciencia crítica y una educación integral sólida será posible evitar que la nuestra se convierta, como advierte el título de este artículo, en una sociedad sin propósito.


Por Obed Pichardo

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