Fernando Ureña Rib

Por Ramón Saba jueves 15 de junio, 2017

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Ramón Saba

Trayectorias Literarias Dominicanas

Ramón Saba Héctor Incháustegui Cabral

Nació el 21 de marzo de 1951 en La Romana, República Dominicana y falleció el 27 de diciembre de 2013 en Berlín, Alemania, donde residió y trabajó hasta su muerte, acaecida a sus 62 años de edad, al colapsar uno de sus pulmones.

Artista plástico, crítico, políglota, diplomático, profesor y narrador. Realizó sus estudios de pintura en la Escuela de Bellas Artes de San Francisco de Macorís. Posteriormente obtuvo una beca para estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes. En esta última contó con la asesoría del reconocido maestro a Jaime Colson, perfeccionado su arte con talleres especializados en pintura al óleo y pintura mural. En España estudió técnicas de pintura flamenca y veneciana. También realizó estudios en avanzadas técnicas clásicas de la pintura al óleo, en Montreal, Canadá.  En la Universidad Autónoma de Santo Domingo obtuvo el grado de licenciado en Lenguas Extranjeras, con especificidad en inglés, alemán, italiano, portugués y francés. Vivió algunos años entre España y Alemania. Fue presidente del Colegio Dominicano de Artistas Plásticos, donde se le reconoce haber realizado una inolvidable labor de reingeniería y relaciones públicas. Además fue miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, con sede en París, y de la Asociación Internacional de Artistas Plásticos. Laboró como Profesor de Dibujo en la Escuela Nacional de Bellas Artes y como Director de la Escuela de Artes de la Universidad APEC. Fue hasta el día de su fallecimiento, agregado cultural de la embajada dominicana en Alemania.

 

Fernando Ureña Rib expuso sus obras pictóricas, tanto colectiva como individualmente, en museos y galerías de diversos espacios geográficos, tales como Italia, Panamá, Estados Unidos de América, Venezuela, Ecuador, España, Uruguay, Alemania, Canadá, Egipto y su República Dominicana, entre muchos más. Ha publicado artículos sobre cultura y arte en los diarios El Caribe, Última Hora, Listín Diario y El Siglo.

 

A pesar de que en Fernando Ureña Rib se reflejan más los colores que la palabra, debo aclarar que eso se produjo porque descolló primero en una que en la otra, pero su narrativa posee una prosa muy depurada, agradable y creativa; tal como se puede apreciar en sus libros titulados  “Decir la Piel o las discretas orgías del silencio”, “Fábulas Urbanas”, “El olor de las yeguas”, “Las cuatro patas del Diablo”, “Otra versión del paraíso”, “La selva de los malentendidos”, “La canasta de los deseos” y “Textos Berlineses”. Junto a Ariadne Pascual publicó una obra biográfica “Vida y Obra de Manolo Pascual, un escultor español en el exilio” y con Marianne de Tolentino “Monografía de Fernando Ureña Rib”. En el portal www.latinartmuseum.com, de la Fundación Ureña Rib, se puede apreciar una selección de cuentos, tomados de algunas de sus publicaciones, que testimonia su talento literario.

 

Ureña Rib fue favorecido con innumerables reconocimientos a lo largo de su vida, en el plano profesional como en el personal, tanto en el territorio nacional como en el extranjero, incluyendo que en el año 1977 recibió una invitación del Departamento de Estado de los Estados Unidos para conocer los Museos e Institutos de Arte más importantes de ese país y otra similar de la Fundación Japón.

 

La crítica de arte Marianne de Tolentino expresa sobre la pintura de Fernando Ureña Rib que este variaba las expresiones de los rostros y de las manos, aparejaba o agrupaba las criaturas con la misma convicción que ponía en sus imágenes de un solo personaje. Jugaba con la luz, con el claroscuro, con fuentes luminosas surgidas de diferentes puntos del espacio.

 

Por otro lado, la articulista Bilda Fermín acentúa sobre su narrativa que sus cuentos se pueden oler, tocar, palpar, escuchar y saborear. Con pinceladas cargadas de Poesía y figuras literarias, el artista pinta un cuadro de palabras y frases capaces de transportar al lector a ese mundo mágico que él es capaz de crear.

 

El Poeta Nacional Pedro Mir, vuelve al tema de la plástica de Fernando Ureña Rib para asegurar que es un pintor de una madurez y de una modernidad impresionantes; primero por la seguridad y la gracia del dibujo, luego por la pureza y el lirismo del color y finalmente por una técnica bastante alejada ya de sus orígenes y sus influencias magistrales.

 

Confieso que los últimos años de vida de este queridísimo artista del pincel y la palabra, los compartí muy de cerca cuando venía a mi país, disfrutando mucho tiempo juntos en actividades tanto de carácter profesional como personal. Tanto fue nuestro afecto, que la portada de mi “Antología de Sonetos Dominicanos Siglo XXI”  está engalanada por una de sus obras, cedida gentilmente por él.

 

Concluyo esta entrega de TRAYECTORIAS LITERARIAS DOMINICANAS con un breve relato de Fernando Ureña Rib:

 

Viajero distinguido

 Un viajero orondo, perfumado y vestido con prendas finas descendía por una escalera llevando su equipaje. No alcanzaba a ver el final de la escalera ya que todo se oscurecía gradualmente Cuando se suponía a medio camino sintió un dolor punzante que le torció las rodillas. Quiso sentarse en un peldaño, pero el dolor se agudizó ya que un nervio le mordía el tendón, produciéndole calambres severos. Se apoyó en su bastón y notó que sudaba profusamente. A su alrededor no había puertas ni nadie que pudiera ayudarle. Tampoco había barandas o descansos. Como hacía tanto calor decidió despojarse del sobretodo, del abrigo, de las bufandas, del sombrero y la corbata que le atragantaba. Todo lo abandonaba sobre los peldaños, excepto su bastón. El aire le era insuficiente y el calor agobiante de modo que también despeñó su valija y su equipaje de mano escaleras abajo. Oyó cómo sus doblones de oro caían en los ecos de la profundidad. No quiso recordar cómo había ganado sus riquezas, ni a quienes derribó para situarse en las alturas. Se quitó el resto de la ropa, anillos, gemelos y prendedores y siguió desnudo, cojeando, porque el dolor le taladraba las caderas y no encontraba salida, ni dónde asirse en aquella espiral enloquecedora que se hacía cada vez más estrecha y vertiginosa en su pendiente, como si un embudo angustiante lo succionara. Cayó. Todo se detuvo y hubo un gran silencio. Se levantó con enorme dificultad y aterrado, temblando, empujó una portezuela con el bastón. El azufre ardiente le abrasó el rostro. No logró leer el letrero a la entrada ¡BIENVENIDO AL INFIERNO!

 

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