RESUMEN
Imagina esta escena: un hombre inocente, puro y sin pecado, de pie frente a un juez. A su lado, un criminal culpable de asesinato y rebelión: Barrabás. Pilato, buscando librar a Jesús, ofrece al pueblo escoger entre ambos. Sorprendentemente, los gritos llenan la plaza: “¡A Barrabás, suéltalo! ¡Crucifica a Jesús!”.
El nombre que la multitud clamaba tiene un significado profundo. Barrabás proviene de “Bar” (hijo de) y “Abba” (padre), es decir, “hijo del padre”. Un título que, en contraste con Jesús, el verdadero Hijo del Padre Celestial, resalta la ironía y el simbolismo del momento.
La elección de Barrabás en lugar de Jesús representa como la humanidad elige lo terrenal sobre lo divino. Ese día se consumó el mayor intercambio de la historia: el justo ocupó el lugar del injusto, el Hijo de Dios tomó el lugar del “hijo de todos”.
Barrabás no es solo un personaje. Barrabás somos nosotros. Culpables, merecedores de juicio, cargados de pecado… y sin embargo, liberados porque Cristo ocupó nuestro lugar. Eso es gracia. Eso es el evangelio.
Jesús no abrió su boca, no se defendió ni reclamó inocencia. Dejó que el pueblo escogiera, y el pueblo nos escogió a nosotros, es decir, a Barrabás, quien salió libre, no por inocente, sino porque alguien más asumió su condena.
La cruz no fue un accidente, sino un plan eterno. El inocente cargó el castigo del culpable; el justo asumió la condena del injusto; el Hijo de Dios se hizo pecado para que los hijos de los hombres fuésemos hechos justicia. Ese día no solo fue liberado Barrabás: fuimos liberados tú y yo.
La noche anterior, en la última cena, Jesús había tomado el pan y la copa para anunciar lo que ocurriría. En el Gólgota, esas palabras se cumplieron: el pan fue un cuerpo quebrantado y la copa, sangre derramada. Cada vez que participamos de la Cena del Señor recordamos que nuestra libertad costó la vida del Hijo.
Jesús mostró lo que haría: no defendería su inocencia, sino que abrazaría la cruz para salvarnos.
La pregunta ahora es: ¿Qué haremos con la libertad que Él nos dio?
Hoy, al mirar la cruz y al recordar la cena, proclamamos: “Éramos Barrabás, pero Cristo nos amó y se entregó por nosotros.”
Por Carlos León