RESUMEN
Vivimos tiempos donde los números fríos de la deuda pública ya no solo habitan en los informes del Banco Central o del Ministerio de Hacienda. Hoy, se sienten en la compra del supermercado, en el recibo de la luz, en la falta de medicinas en los hospitales y en las promesas que no llegan nunca. Lo que antes parecía “lejos” ahora nos pesa en los bolsillos. Y es que este gobierno ha hecho de la deuda su única estrategia de gobierno. Nos han hipotecado el presente… y el futuro.
En solo cinco años, la República Dominicana ha adquirido más de US$2,300 millones en bonos en dólares y RD$733 mil millones en bonos en pesos. No es exageración, es una realidad oficial. Se nos dijo que era para “reactivar la economía”, para “invertir en educación, salud, infraestructura”. Pero no lo vemos. No lo sentimos. Lo que sí sentimos es cómo suben los precios, cómo se devalúa el peso, y cómo la deuda se convierte en una cadena que arrastramos todos.
Y mientras el gobierno insiste en mostrarse moderno, eficiente, y hasta “verde”, lo cierto es que sigue pidiendo prestado para todo: para carreteras, para energía, para educación. Ni siquiera los proyectos de energía renovable —tan necesarios— han escapado de esta lógica de endeudamiento y privatización. Se firman contratos y se hacen alianzas con empresas privadas que se quedan con las ganancias, mientras el pueblo se queda con la factura.
El colmo es el uso de fideicomisos públicos que, aunque suenen técnicos, terminan siendo mecanismos oscuros para manejar miles de millones sin la debida transparencia. Los mismos que hablaban de “cambiar el modelo”, hoy lo profundizan sin pudor. Todo se subcontrata, todo se concesiona, todo se entrega… hasta la soberanía.
Sí, este gobierno heredó problemas. Como todos. Pero en vez de corregirlos, los ha ampliado. En vez de reducir la dependencia del endeudamiento, la ha convertido en su columna vertebral. Hoy el país funciona como una tarjeta de crédito sin límite, pero sin plan para pagar.
Y lo peor es que quienes hoy nos endeudan no serán quienes paguen la cuenta. Seremos nosotros. Serán nuestros hijos. Serán generaciones futuras que aún no votan, pero que ya nacen con una carga encima.
Nos han hipotecado a cada uno de nosotros, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos… La factura es cara, hasta incobrable.
Por: Leonardo Grisanty (@grisantycosme)
