En la esquina de la calle Moca, marcada con el número 4, el maestro De Lemos compartía su espacio con pintores, escultores, muralistas, estudiantes y soñadores.
Un caos lleno de sentido. Así como el pensamiento artístico parece desordenado por fuera, pero con una lógica interna que solo entiende el alma.
Moca 4 no era solo una dirección. Era un refugio. Un taller colectivo. Un punto de encuentro donde el arte dominicano se expresaba sin filtros.
Los nombres eran muchos; algunos consagrados, otros apenas comenzando. Pero todos grandes apasionados de la creación.
Recuerdo una tarde en particular. El sol caía y, como en un ritual secreto, fui testigo de las piezas que formarían parte de la próxima exposición, cada obra era más intensa, salvaje, conmovedora e impactante que la anterior ¡Bestiarioooo!
Otra mañana subí las escaleras con ese tono sepia que tenía el lugar salpicado de colores y el aroma inconfundible del óleo mezclado con café me abrazó.
Mi laureado primo, Melvis Matos, embajador y cómplice de estas aventuras, me recibió con esa sonrisa sincera de siempre, dándome la bienvenida con su obra en mano.
Era una versión mini como réplica del balcón que había hecho mío. Un rojo pasión envolvía la ventana que daba al cielo nocturno estrellado. Al día de hoy, cada vez que la observo, me conmueve hasta la médula.
Un día cualquiera, a prima tarde, crucé la calle desde la Moca 4. Entré al colmado de la esquina y allí, como salido de una canción, estaba Luis “El Terror” Díaz. Auténtico, vibrante, llenando el espacio con su energía desbordante.
Encontrarnos en un ambiente tan cotidiano e íntimo como ese fue un privilegio irrepetible. Si nunca lo viste en persona, quizás no puedas entenderlo, pero él era, más que un personaje, un fenómeno.
Fueron muchas las veces que, en mis años universitarios, me refugié en la Moca 4.
Entre clases, escapaba y me sumergía en ese universo paralelo que encontraba doblando por la San Martín, justo en la estación de gasolina, casi frente a Chichío.
Era fácil pasarlo por alto para el desconocedor, pero imposible de olvidar para los que fuimos parte de este movimiento.
Aquel edificio, bautizado con brillantez por su ubicación, se convirtió en un templo sin pretensiones, un monumento vivo a la amistad, la filosofía, el arte y la cofradía.
Allí sentada en el alero de la ventana, café en mano, me recuerdo contemplar la vida como quien asiste a un ritual creativo.
Hoy, esa cuadra alberga un comercio chino, como tantos otros espacios que han cambiado en Santo Domingo con el tiempo.
En mi corazón, y en el de tantos que compartimos esa época, Moca 4, más que una dirección, será recordado como un santuario del arte y la cultura cual ágora, centro de pensamiento, creación y libertad.
Desde allí fui testigo y parte de una comunidad unida por hacer del arte un modo de vivir.
Por Vilma Yolanda Batista
