RESUMEN
Hay directores que transforman la idea que tenemos del mundo, y luego está Guillermo del Toro.
Este gran creativo transforma con una calidez feroz la idea que tenemos de los monstruos.
Su cine nos recuerda reiteradamente que lo temible puede ser también tierno, que lo desconocido puede ser profundamente humano y que lo monstruoso se esconde más en nuestras sombras que en sus criaturas fantásticas.
En su más reciente propuesta Memo vuelve a humanizar lo que muchos consideran inhumano.
Con su mirada poética y su sensibilidad característica, nos invita a observar al “monstruo ”
Frankenstein, no como una aberración, sino como un ser que anhela pertenecer.
Esta lectura no es nueva en su obra, pero sí es cada vez más necesaria en tiempos de juicios rápidos, discursos de odio y descredido en el que el director insiste en enseñarnos a mirar con el corazón antes que con el miedo.
Lo mismo ocurre en El Laberinto del Fauno, donde las criaturas que habitan ese universo fantástico, lejos de ser simples antagonistas, representan dimensiones más profundas del dolor, la esperanza y la resistencia.
En la inolvidable Forma del Agua llevó este concepto al extremo más bello posible con una historia de amor sublime que desarma prejuicios y dignifica lo diferente.
En todas estas pelis, del Toro nos enseña que el otro, el distinto, el raro, puede ser un espejo que nos devuelve una humanidad más honesta que la de los propios humanos.
Quienes somos cinéfilos de corazón sabemos que del Toro no solo narra historias sino que las construye como obras de arte vivientes.
Sin lugar a dudas, su estética es un personaje adicional; su atención al detalle, un acto de respeto hacia quienes seguimos su obra; su narrativa, una caricia para quienes entendemos que el buen cine también puede ser un refugio emocional.
Sin embargo, “amar al monstruo” no significa necesariamente amar la historia.
A veces, como espectador uno puede sentirse más cautivado por la belleza de la criatura que por la totalidad del relato.
El ganador del Oscar Guillermo del Toro adapta el clásico relato de Mary Shelle con una capacidad casi mágica de hacer que el monstruo sea más memorable que la trama misma.
Nos enamora la textura, el gesto, la fragilidad oculta bajo la piel, pero esa fascinación no siempre se traduce en conexión con cada giro narrativo.
Y ahí está el punto: amar al monstruo es, en el universo de del Toro, un acto independiente.
Es una invitación a reconocer la belleza donde no solemos verla, a cuestionar nuestras primeras impresiones y a aceptar que aveces lo verdaderamente monstruoso nunca estuvo del otro lado de la pantalla.
Finalmente con su arte nos enseña el director que amar al monstruo no es un acto de ingenuidad cinematográfica, sino un ejercicio de empatía y tolerancia, una historia que vale la pena seguir contando.
Por Vilma Yolanda Batista
