Mi más reciente recorrido sabatino por la Ciudad Primada de América me regaló una dulce lección.
Bastó con ver aquella textura colorada para transportarme de inmediato a sexto de primaria, cuando durante una visita escolar a la Plaza de España de Santo Domingo, probé por primera vez un bizcocho borracho justo frente al imponente Alcázar de Colón.
Décadas después, volví a experimentar ese gozo hecho mordisco, gracias a la icónica dulcería María La Turca, ubicada en la calle José Reyes, casi esquina con la Mercedes.
Llegar por coincidencia a este encuentro con la historia me hizo ver que María La Turca, más allá de un negocio de dulces, es un legado culinario que ha acompañado a generaciones dominicanas.
Según relatan los locales, esta dulcería lleva más de siete décadas ofreciendo postres tradicionales desde este emblemático rincón de la Zona Colonial.
Su reputación se ha forjado gracias a dulces criollos auténticos, porciones generosas y precios accesibles, pero también por ser un punto emocional donde se mezclan recuerdos escolares, vivencias familiares e historias de infancia.
Me sumo a los testimonios de quienes, con solo un bocado, evocan memorias profundas que han dejado huella tanto personal como colectiva.
María La Turca, se convierte así en un símbolo de cómo los sabores tradicionales pueden contribuir a elevar la cultura gastronómica nacional representando hospitalidad, historia y autenticidad.
La oferta de María La Turca es parte del tejido culinario nacional que enriquece el posicionamiento internacional de República Dominicana como un escenario patrimonial donde converge un crisol culturas.
Además, fortalece la narrativa turística de ofrecer experiencias sensoriales integrales, junto a lugares de interés histórico únicos en el mundo.
El bizcocho borracho para mí representa más que un postre. Es una lección de cultura, alegría y sentido de pertenencia.
¿Se te antoja un dulcito?
Por Vilma Yolanda Batista
