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30 de marzo 2026
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OpiniónIrina Peguero ReyesIrina Peguero Reyes

Lo mal hecho está mal hecho

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RESUMEN

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En nuestra sociedad solemos caer en la trampa de justificar lo injustificable. Y lo mal hecho, hay que decirlo claro, está mal hecho, venga de donde venga. No tiene que ver con estatus social, con privilegios económicos o con el apellido que llevas. Lo correcto y lo incorrecto deberían estar medidos bajo las mismas normas para todos, porque las reglas de convivencia y los valores no distinguen clases.

Sin embargo, vemos con frecuencia un doble rasero. Dos personas cometen la misma falta: una proviene de un entorno vulnerable y otra de un entorno privilegiado. Y, paradójicamente, se tiende a justificar más a quien no tiene privilegios, como si la pobreza fuera excusa para la irresponsabilidad. Entiendo —y comparto— que el contexto, la ignorancia o la falta de oportunidades pueden explicar ciertas conductas. Pero también hay una edad y un momento en la vida donde esa explicación deja de ser válida. Especialmente en una era donde el Internet, la educación y la información son más accesibles que nunca.

Hoy no hace falta pertenecer a una gran familia ni tener recursos para aprender, para crecer, para elegir actuar con responsabilidad y respeto hacia los demás. La pobreza no debería ser excusa para reproducir actitudes contrarias a la convivencia y a los valores fundamentales.

¿Qué son los valores?

La palabra “valores” se usa con frecuencia, pero pocas veces nos detenemos a definirla. Los valores son principios que no cambian con la moda ni con las tendencias: cambian los gustos, cambian las tecnologías, cambian las generaciones, pero los valores se mantienen como un marco que organiza la vida en sociedad. Son, en esencia, un conjunto de normas que permiten la convivencia pacífica y armónica entre seres humanos diferentes, pero igualmente responsables de respetarse mutuamente.

Ejemplos que inspiran

La historia está llena de personas que nacieron en condiciones adversas, sin oportunidades ni esperanza aparente, y aun así lograron convertirse en su mejor versión. Muchos de ellos trascendieron, aportaron al progreso de su generación y se convirtieron en referentes para las que siguieron. Esos son los ejemplos que deberían inspirarnos y no la justificación cómoda de que “nació pobre, por eso actúa así”.

La verdadera transformación no consiste en justificar la pobreza, sino en romperla: no solo la material, también la mental. Porque la pobreza mental —la resignación, la falta de aspiraciones, el conformismo— puede ser más limitante que la económica.

A lo que debemos apostar

Si de verdad queremos sociedades más justas y equilibradas, debemos dejar de justificar lo injustificable. Apostemos a los valores como base, al respeto como regla y a la responsabilidad individual como principio. Porque solo así podremos vivir en paz y en armonía, más allá de nuestras diferencias.

Por Irina Peguero Reyes

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