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11 de febrero 2026
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OpiniónJuan PolancoJuan Polanco

“La mafia fronteriza”

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

En el siglo XXI, en esta nueva sociedad, sería difícil comprender que los problemas fronterizos no han sido resueltos. En la frontera entre República Dominicana y Haití, tiene como límite verdadero la corrupción de ambos Estados. Este mal es el primer factor que genera desorden social en ambas sociedades.

El sábado 26 de agosto, desde Santiago, decidí viajar junto a mis compañeros universitarios a la Línea Noroeste. Nuestro punto de interés era llegar al Monumento a los Héroes de la Restauración, en Capotillo, que por cierto está abandonado por la sociedad dominicana y las autoridades. Este fue erigido por el Gobierno constitucional de Salvador Jorge Blanco, el 22 de marzo de 1986.

Pero antes de llegar a nuestro objetivo final, decidimos visitar algunos lugares históricos y conocer la zona de Montecristi. En dicha provincia llegamos al Reloj público de San Fernando de Montecristi y también fuimos a la Casa Museo de Máximo Gómez, donde junto a José Martí firmaron el “Manifiesto de Montecristi” el 25 de marzo de 1895.

De allí partimos a Dajabón, provincia que sufre las consecuencias de una corrupción desbordada y donde las esperanzas de los haitianos se desgastan al intentar cruzar un puente, un río y/o una puerta con un simbolismo marchitado. Concluimos que sería bueno llegar a la frontera antes del último punto geográfico del viaje.

Nuestra decisión se bañaría de una decepción sin límites, puesto que descubrimos que nuestras autoridades tienen un mal manejo en una de nuestras fronteras. Vimos que los militares se dejan dominar por la gran población haitiana que engaña y abusa para pasar a nuestro territorio. Tampoco puedo obviar que muchos haitianos buscan la manera de superar la barrera de la desigualdad e injusticia social que prevalece en su nación, gracias al descontrol desenfrenado en sus autoridades corruptas y perversas.

Justo al lado del Mercado Fronterizo de Dajabón, la mafia se percibía como el tiburón cuando huele la sangre dentro de su zona. La Dirección General de Aduanas tenía muy poco personal, hubo un limitado grupo de haitianos tratando de consultar con las autoridades dominicanas y las calles llenas de indocumentados.

No faltó en ver a la dominicana que se buscaba la vida vendiendo su cuerpo, sea con haitianos, dominicanos o personas de otros países. En el puente, encima del río Masacre, emblemático en sí mismo, la bachata no dejaba de sonar en los negocios de los haitianos. Pensaba que podría ser una estrategia para adaptarse a nuestra cultura y/o tratar de familiarizarse con los pocos militares de esa zona. Los que vigilan ese límite fronterizo llaman al lugar como “Punto Neutro”.

La mafia desenfrenada conducía a las madres haitianas a lavar en el río que divide los dos países de la isla. En este río vi a mujeres lavando sus ropas y niños bañándose, quizás por el poco acceso que tienen en su país al agua potable como un derecho que es negado por sus representantes.

El portón que limita la entrada de haitianos al país y de dominicanos hacia Haití, en el mismo puente, oxidado y deteriorado, no se exhibía como un referente para un control migratorio detalladamente regulado. Los militares se dejan engañar fácil por parte de toda una multitud que busca sobrevivir de la desilusión de su sociedad y estos tienen como objetivo traspasar la barrera de la corrupción.

Mientras estuve allí algunos lograron burlar a las autoridades pasando el río y saltarse las rejas. Es probable que quienes lo lograban iban a esconderse en el Mercado Fronterizo de Dajabón y salir en el momento oportuno. Tal vez seguían sus rumbos normalmente. Valía nada decirles a los militares dominicanos porque todo sucedía a simple vista y ellos sabían de la realidad en que se encontraban.

Según funcionarios de Migración y miembros del Cuerpo Especializado de Seguridad Fronteriza Terrestre (Cesfront), se estima que los días de mercado binacional cada 60 segundos, 500 comerciantes haitianos cruzan a la República Dominicana.

Con la mala supervisión militar dominicana, no se puede determinar con certeza si muchos de esos se quedan en el país sin documentos. En el territorio dominicano no hay un gran personal militar para supervisar si estos escapan de manera absurda y muchos de los que estaban allí se la pasaban sentados en sus incómodas sillas. No pude presenciar cámaras y los registros a los vehículos no son a menudos. El brazo militar sólo tiene la mínima oportunidad de tratar regular la entrada en su puerta de vigilancia. No pueden hacer más nada que decirles a sus superiores que tratan de hacer el mayor trabajo posible.

Mientras estuve allí, a la misma 12 del día, con un sol radiante, picando en mi piel y adaptado en la tez de los haitianos, los motores eléctricos parecidos al estilo zip star pasaban con frecuencia llenas de haitianas. Estas llegaban a su país cargadas de carteras, fundas, maletas y no vi a un militar dominicano custodiando sus equipajes. Nadie sabría qué cargarían ellas en sus bolsos.

En un verdadero control fronterizo por parte de nuestras autoridades debería haber allí un equipo militar de alta capacidad, camiones, cámaras de seguridad, un general de los tanto que tenemos, francotiradores y equipos de transportes a todo terreno, entre otras cosas. Pero, por lamentable que sea, nada de eso pude ver. Quizás muchos de estos equipajes no están a simple vista.

Lo que sí presencié fue haitianos que pasaban a nuestro territorio sin pasaportes a manos, por la irresponsabilidad de nuestro Estado dominicano. Por el limitado equipo militar que transita allí, no es posible custodiar las mafias imperantes y vigilar con responsabilidad nuestra frontera.

En el punto medio de ella, los haitianos se acercaban a hablarme sobre el río Masacre y pensaban que podría darles algo por contarme sobre el torrente que sufría de las irregularidades por parte del ser humano. Estando en el último portón que me daba acceso a Haití, un grupo de haitianos me preguntó si quería pasar y que ellos me lo permitirían. Les pregunté si trabajan donde se encontraban y a cuáles instituciones representan, no vi sus identificaciones y de repente notaron mi duda sobre ellos.

No sabía quiénes eran, les pedí que hablaran sobre sus funciones y me contestaron diciendo que son los “jefes” de esa zona. Además, les cuestioné si estaban bajo la ley y uno me respondió con un no. Se miraron entre todos y su respuesta cambió de manera repentina. El “sí” salía de su boca como sentía la mafia que ellos manejaban y que era protegida por los altos intereses económicos de ambos países.

Les dije que no tengo mi pasaporte a mano y pregunté por qué me dejarían pasar sin uno. Me manifestaron que eso no importa, pues ellos dejan entrar a cualquier persona y no son como los dominicanos. Ellos protegen la “libertad” de los ciudadanos que desean entrar a su país y que si no tienen documentos, pueden durar en Haití un máximo de 30 minutos. Me decían que se encargarían de la seguridad de mi persona y la sonrisa malvada de ellos era lo que veía.

En ese instante pensé que la organización criminal haitiana, como en la parte dominicana, también está asentada en la frontera. Si pude observar que los militares dominicanos tenían que devolver a los haitianos sin documentos, es porque desde Haití llegaban sin ellos. Pensaba siempre que estos son los únicos culpables, pero la mafia haitiana también superaba el número de militares del país que se encargaba de la frontera.

Las autoridades de Haití tienen representantes en la frontera que no inspeccionan de manera transparente a sus habitantes y ese mal manejo afecta a nuestro país. La responsabilidad de las vidas haitianas, cuando logran pasar la limitada frontera, caen en las manos de las autoridades de la República Dominicana por aquel concepto de “humanismo” que les protege por encima de la sociedad dominicana. Si las organizaciones internacionales promulgan ese término sujeto a ellas, deberían empezar a ponerlo en práctica en el lado haitiano de la frontera.

La mafia en la frontera es producto del verdadero límite entre ambos naciones, que es la corrupción. Hemos entendido que la cultura nos divide y es cierto, pero según nuestra historia no asumimos con transparencia el régimen de consecuencia ni el apego a la ley. También somos mafiosos cuando queremos decirle haitiano a todo aquel que nace en el país, a sabiendas de lo que dice el artículo 11 de la Constitución de Haití. Somos corruptos cuando por injerencia debemos abrazar a todos y brindarles nuestros servicios sin exigirle a las autoridades haitianas, comprendiendo las necesidades de la sociedad dominicana y no cumplirlas.

No busco decir que debemos negarle esos derechos inalienables del ser humano, pero tampoco puedo callar la verdad. La frontera está plagada de delitos que implican sanciones y, las personas y sus acciones delictivas habituales protegen la mafia fronteriza que existe en Haití y la República Dominicana.

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