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24 de marzo 2026
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OpiniónElvis ValoyElvis Valoy

La Historia se escribe con H

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RESUMEN

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En mi último viaje a Santo Domingo adquirí los tomos cinco y seis de las Obras Completas del destacado historiador dominicano José Gabriel García, editados por el Banco de Reservas y el Archivo General de la Nación,  trabajos de investigación que me han resultado ser una especie de Google en formato de libro, debido a la gran cantidad de datos que ofrecen.

 Los dos tomos son un arsenal de información histórica, demostrando la capacidad de rastreo de estos intelectuales, que al plasmar ese conjunto de reseñas del pasado, les dejan un inconmensurable legado a las nuevas generaciones.     

 Sin embargo, confieso que leyendo las dos obras citadas me desternillé de la risa, pues indiscutiblemente en todas las épocas han existido tumba polvo, lambones, amanuenses, etc., a los cuales se les iba la mano con elogios y cobas.

 A pesar de que para el siglo dieciocho no existían las redes sociales, ni el video, ni el photoshop, algunos escribanos edulcoraban sus prosas de tal manera, que le quitaban lo de humano  a la  vida de las personas, faltándole únicamente colocarle una diadema para darles la categoría de ángel caído del cielo.

 Como en la antigüedad el rostro dibujado en pinturas de reyes, reinas, príncipes y princesas,  transmitía “superioridad”, abolengo, casta (¿con qué valor iba Da Vinci a decir que la modelo que utilizó en su famoso cuadro  de La Gioconda era una pobre prostituta que murió años después de sífilis?), asimismo, durante el siglo dieciocho  en Santo Domingo una biografía de alguien hecha con vocablos altisonante, situaba al susodicho por encima de los demás mortales.    

 Pero les voy a compartir el motivo de mis risotadas ante estas biografías que son compiladas por el también historiador Vetilio Alfau Duránt. No aguanté la carcajada al leer esta perla de la biografía de Juan de Arredondo y Rojas, la cual dice:” Abrigado con pañales de tan limpia cuna, abrió los ojos al mundo en la renombrada ciudad de Santo Domingo el año 1711….”. Parece que el niño ya usaba pampers en esa época, pues nunca ensució la cuna.

 Hay que ubicarse en la época, y entender a los cronistas, pues los escribas  elaboraban sus escritos como si fueran perseidas las personas que describían, y no seres humanos con virtudes y defectos.

 Tomemos la biografía de Francisco de Arredondo y Castro, que era una especie de estudiante de la UASD del siglo dieciocho, y de éste se escribe:” Por eso encontramos digno de ocupar un lugar distinguido en el cuadro de las celebridades dominicanas, al bachiller  don Francisco de Arredondo y Castro, quien heredando con la sangre el talento y las bellas  cualidades que hicieron célebre a su padre, el eminente doctor Juan Arredondo y Rojas, rector que fue de la Real Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, supo demostrar con sus hechos, así en la carrera pública como en la vida privada, que cuando la raíz es buena los son también las ramas”. El rapsoda que esto escribió lo hizo por partida doble….Metió al padre y al hijo.

 La palabra “pundonoroso” nunca se quedaba en estas apologías, como tampoco la frase “el nunca bien ponderado”, y el machismo salía a relucir, de ahí que el vocablo “varón” regularmente hace acto de presencia en estas apologías.

  A estas figuras señeras, se les escupía una especie de imagen celestial pincelada por la criba que la producía. Antológica es la manera en que se presenta la claudicación del padre Bernardo Correa y Cidrón, quien partió a Europa, primero a Francia y luego a España, dejando a un lado todo lo iniciado en Santo Domingo, y siendo descrito por aedos de esta forma: “ nada echó de menos en su nueva residencia, ni honores, ni premios, ni recompensas, que cuando el mérito del hombre se deriva del talento o de la virtud, donde quiera que va luce, donde quiera que va brilla…”.

 Como didácticas, y aleccionadoras,  pero también desopilantes y divertidas resultan las biografías de grandes personajes que regularmente nos encontramos en nuestros libros de historias, presentándonoslo como figuras infalibles e inequívocas, y muy lejos de ser gente de carne y hueso, y  llevándonos a entender que nunca cometieron error alguno en sus inmaculadas vidas.     

 

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