Hombre y mujer. Diferentes por esencia y semejantes en cuento a su condición humana, quienes se saben necesarios y complementarios para lograr el equilibrio y armonía de vida. La discusión sobre la igualdad de género se vuelve es en sí misma un espiral que, como culebra que se come su propia cola, siempre terminará en el hecho irrefutable de que no se pueden comparar las peras con manzanas.
Vivimos en un mundo convulso, cada día más confuso en cuento a los códigos que deberían regir el convivir y seguimos aportando a una famosa tolerancia que a esta altura de nuestra llamada civilización pos moderna, no ha podido cerrar las inmensas brechas y actos graves que se comenten a diario en contraposición al trato respetuoso y digno de la figura femenina, así mismo la masculina.
No se tratada de perseguir la igualdad. Se trata de conquistar la equidad. Mismas condiciones y oportunidades celebrando las diferencias de todos, en vez de minimizarlas. Pretender que imponer el, la, las, los, lxs, L@s; y demás nuevas formas de llamar las desviaciones, lamentablemente no solo gramaticales, es lo mismo que pensar que la fiebre está en la sabana.
