RESUMEN
Entre la indiferencia de muchos dominicanos, sumado a la determinación de Luis Abinader y el PRM de destruir a la oposición, parecería que los partidos políticos en el país han entrado en una etapa agónica y postrera que amenaza con llevarse todo a su paso.
Un amigo de origen venezolano que vivió los Gobiernos de Jaime Lusinchi, Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, hace varios años me dijo que el accionar de la política dominicana en la actualidad, era demasiado similiar, por no decir idéntica, a esos periodos de la Venezuela democrática.
En ese tiempo, la industria de la telenovela y el cine venezolano florecían por toda Latinoamérica y exportaban su cultura a todos los rincones de habla hispana, pero ese mismo esplendor también venía cargado de una profunda crisis económica y una desigualdad social cada vez más holgada y abismal.
Entre la pujanza de las llamadas «clase alta y clase media», se mezclaban las miserias y las faltas de expectativas de los empobrecidos, quienes finalmente le dieron la espalda a la política tradicional de ese país y endosaron a un Hugo Chávez que terminó por destruir el sistema de partidos e instaurar un régimen caudillista y colectivo que hasta el día de hoy mantiene a Venezuela dividida y aislada.
Cuando el amigo venezolano me planteó que algo así podría ocurrir en República Dominicana, rápidamente manifesté mi excepticismo al considerarlo muy extremista.
Y es que República Dominicana siempre se ha caracterizado por tener un sistema de partido bastante fuerte y sólido, además de que, tanto empresarios como políticos, han tratado de respetar las reglas del juego, mantener la cordialidad y el consenso y fortalecer la estabilidad social, económica y política del país.
Desde 1996, la estabilidad política y la madurez democrática de nuestros dirigentes, nunca se había puesto en duda.
Los traspasos de mando se daban sin contratiempos ni inconvenientes, pese a sus momentos de incertidumbre sobre las posibles reacciones de los contendores que fueron favorecidos por el voto popular. Sin embargo, al final la sensatez siempre se imponía en cada proceso.
En la actualidad, todo eso ha cambiado.
La puesta en marcha sin precedentes de la compra y venta de dirigentes, a través de la llamada «Justicia Social» de Julio César Valentín, intenta socavar las estructuras de la oposición.
El accionar de «Justicia Social», satélite del PRM, sumado a los «topos» o infiltrados en las filas de la Fuerza del Pueblo, se han dado a la tarea de interponer ante el Tribunal Superior Electoral (TSE), objeciones a candidaturas internas ya harta conocidas por la sociedad, justamente faltando un mes para las elecciones de mayo.
A menos que usted sea ingenuo hasta el extremo o un simulador, para nadie es un secreto que nada de eso es al azar. Todo lo contrario, con esto el PRM busca no solo destruir a la oposición, sino también asesinar el entusiasmo de sus seguidores y partidarios.
Cuando un dirigente se vende, la mayor parte de su estructura no le sigue hacia el que lo compró. El problema es que esa misma estructura queda descabezada y tiende a desanimarse de los políticos. La gente se vuelve incrédula o como dicen en mi campo, la gente «baja los brazos» y termina desencantada de los políticos tradicionales, lo que contribuye a la abstención en los procesos electorales.
El PRM, a través de su satélite, está destrozando al sistema de partidos con ese accionar. Y quizás no lo sepan ahora, que están embriagados con el Poder, pero de seguir alimentando el desacrédito hacia la clase política, pudieran estar creando un monstruo que destruiría con todo tradicionalismo en la República Dominicana, lo que pudiera traducirse a esa famosa frase revolucionaria: «Algún día ahorcarán blancos».
A final de cuentas, el amigo venezolano puede que no esté tan lejos de la realidad.
Por: Dalton Herrera
