En un mundo que nos empuja a explorar lo lejano, he encontrado un lujo inigualable al recorrer Santo Domingo como si fuera extranjera por un verano. Durante los últimos cuatro sábados, he asumido el personaje de turista para redescubrir la Zona Colonial y la experiencia ha sido transformadora.
Esta joya histórica en la ciudad de Santo Domingo, que palpita bajo nuestros pies, ha sido mi cómplice para jugar a ser turista en mi propia tierra y recorrer, con nuevos ojos, la Primada de América como un lujo reservado para pocos. Y es que la Ciudad Colonial de Santo Domingo, fundada en 1498 y declarada Patrimonio de la Humanidad en 1990, cuenta con edificaciones centenarias y plazas emblemáticas que siguen siendo visita obligada en el siglo XXI.
Visitar cada uno de los museos en la ruta de la calle Las Atarazanas y reconectar con los de Las Damas. Leer un libro debajo de un árbol centenario, comprar a conveniencia en la calle El Conde, pernoctar en el Café del Conde para desayunar, almorzar o simplemente degustar las emblemáticas bolitas de queso con una fría en mano, mientras contemplo el hermoso edificio que acoge la Alcaldía. Ver la misa en la iglesia de Las Mercedes y disfrutar teatro familiar del bueno en el Anacaona son solo algunas vivencias.
Si bien algunas calles siguen intervenidas por las mejoras, y otros tramos resultan intransitables, como parte del ambicioso plan de revitalización urbana iniciado con el rescate de 11 calles principales (incluyendo soterrado de cables, pavimentación y embellecimiento), que a veces nos parece interminable, ya son muchas las vías listas para disfrutar sus adoquinadas, edificios y balcones únicos e irrepetibles.
Paradas imprescindibles para pasear, respirar historia y observar el vaivén social, como la Catedral, Parque Colón, Alcázar de Colón, Parque Duarte, los mercaditos con sus bazares dominicales, bailar al ritmo de Boyé junto con El Sartén, La Tambora y Casa de Teatro, también nos esperan.
Volver a casa sin perderme. Así me sentí al convertirme en turista de mi propia ciudad, encontrando destellos nuevos en cada calle y museo de la Zona Colonial que, con su equilibrio entre historia, arte y personajes locales, ofrece una experiencia tan variada, divertida y profunda como cualquier viaje al exterior.
Lo confieso: los próximos sábados volveré a ser turista en la tierra que me vio nacer.
¿Te animas a jugar conmigo?
Por Vilma Yolanda Batista
