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4 de abril 2026
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OpiniónDániel LajaraDániel Lajara

¿Hasta cuándo?

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RESUMEN

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En un mundo marcado por el caos, la decadencia moral y la violencia generalizada, cada vez más voces se levantan para preguntar: ¿hasta cuándo soportaremos la erosión de los principios que nos dieron identidad?

En las últimas semanas, la opinión pública ha sido testigo del aumento descontrolado de hechos violentos, crímenes sin sentido y actos que evidencian un profundo colapso de los valores esenciales que sostienen a la sociedad. Desde el seno del hogar hasta los más altos niveles de gobierno, se percibe una desconexión alarmante entre la conducta humana y los principios que, durante generaciones, guiaron la convivencia y la dignidad humana.

El panorama no sólo revela un fenómeno social o político; es también, y sobre todo, una crisis espiritual y moral. Padres que atentan contra sus propios hijos, jóvenes que reniegan de toda autoridad, cifras crecientes de ansiedad, depresión, suicidio, violencia doméstica y una marcada indiferencia hacia la vida ajena. Todo esto configura un escenario que va más allá de la estadística: es un llamado urgente a la conciencia colectiva.

La raíz del colapso

Lo que enfrentamos no es casualidad. No es un accidente de la historia ni una evolución natural de las sociedades. Se trata de un desmantelamiento sistemático de los valores fundamentales, que en muchos casos han sido relegados o desacreditados en nombre de un progresismo sin ancla moral. Como advierte el evangelio:

Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mateo 24:12

La pérdida de identidad espiritual y cultural es evidente. Las instituciones que antes servían como pilares –la familia, la escuela, la fe, la justicia– han sido debilitadas por ideologías que promueven la confusión, el egoísmo y la fragmentación social. Esta no es una simple percepción religiosa: es una realidad verificable en cada rincón del planeta.

¿Por qué esperamos tocar fondo para mirar al cielo?

En tiempos de crisis, el ser humano tiende a volver su mirada a lo divino. Buscamos a Dios cuando la integridad está amenazada, cuando la vida pende de un hilo o cuando ya no queda más a qué aferrarse. Sin embargo, es necesario preguntarse: ¿por qué esperamos llegar al abismo para apelar a la misericordia? ¿Por qué exigimos justicia divina cuando no practicamos la justicia humana con el prójimo?

Se ha vuelto habitual condenar al otro con liviandad, criticar con ligereza, juzgar sin fundamento. Esta incoherencia moral es, quizás, una de las causas más profundas de la descomposición social que vivimos. Y aunque resulte incómodo reconocerlo, la responsabilidad última no es de los gobiernos, ni de los sistemas educativos, ni de los medios. Es de cada uno de nosotros.

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. 1 Pedro 2:9

Voces que no deben ser silenciadas

En medio de esta oscuridad, aún existen personas que se niegan a ceder. Líderes, pensadores, ciudadanos de a pie que no temen al costo de defender principios. Entre ellos, nombres como Charlie Kirk, activista conservador norteamericano recientemente asesinado por su postura firme en temas de vida, familia y libertad de expresión, e Iryna Zarutska, activista ucraniana que perdió la vida por denunciar imposiciones ideológicas y negarse a abandonar sus valores cristianos en medio de un entorno hostil.

Ambos casos, aunque distantes geográficamente, reflejan la misma verdad: el precio de mantener la integridad en tiempos de relativismo puede ser alto, incluso letal. Pero también confirman otra realidad aún más poderosa: la verdad no muere, aunque sus defensores sean silenciados.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Mateo 5:10

El desafío generacional

En lugar de sucumbir, muchos jóvenes han decidido levantarse. No como rebeldes sin causa, sino como una generación consciente de su propósito. Jóvenes que entienden que vivir con principios no es anticuado, sino revolucionario. Que defender la verdad no es odio, sino amor a la humanidad.

Una generación que no teme al juicio social ni a la cancelación mediática. Que no niega su fe frente a la presión cultural. Que representa a Jesucristo con autenticidad, con carácter y con poder. Que reconoce que todo lo que hace, lo hace por Él y para Él.

Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Mateo 5:14

¿Hasta cuándo?

Hasta que volvamos a los principios.
Hasta que recordemos que el respeto, la integridad y la fe no son negociables.
Hasta que comprendamos que el futuro no se construye sobre arena, sino sobre roca firme.
Hasta que Cristo regrese.
Hasta que la luz vuelva a brillar en las tinieblas.

La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. Juan 1:5

Por Dániel Lajara 

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