Un día cualquiera, luego de una jornada laboral exhausta, voy gustosa a la Ciudad Colonial para escoltar a Adrián Lucías a su ensayo general.
Con un par de horas de espera por delante, busco uno de los libros que siempre llevo conmigo para que me haga buena compañía en momentos así, y me dispongo a darle buen uso al tiempo, escapándome como acostumbro, a través de la lectura, mi fiel aliada.
En el camino reconozco el lugar y decido entrar a la Librería Mamey. De inmediato me dejo envolver por su ambiente acogedor y comienzo a devorar mi texto ensoñador.
Al rato, se suman dos jóvenes que, al igual que yo, han caído ante el encanto del lugar. Pronto me invitan a jugar ajedrez, a lo que respondo con una sonrisa y levanto mi libro en señal de agradecimiento y excusa.
Los ajedrecistas noveles se acomodan justo a mi lado. Mientras leo, ellos juegan. Todo ocurre envuelto en una tenue musiquita de buen jazz ambiental.
Termino el libro con un suspiro y regreso a mi realidad. Confirmo que aún faltan 43 minutos para recoger a la nena. Decido cruzar -literalmente- al patio español de La Ximena, un lugar que me llena de gratos recuerdos por haber celebrado allí el cumpleaños sorpresa de mi amado, en complicidad con dos entrañables amigas y compañeras.
Soy la primera cliente del día. Me atiende directamente el dueño, quien me recuerda de esta y otras visitas. De su mano, persigo la estrella roja, me la ofrece vestida de novia con vaso alto a juego.
La bebo sorbo a sorbo, como quien sigue un ritual que le permite refrescarse y estar presente, disfrutar del azul del cielo y la silla que lo acomoda; del rosa intenso de las trinitarias que cuelgan al lado del pozo de ladrillo colonial, que siempre invita a lanzar una moneda y pedir un deseo con los ojos cerrados. Así, como siempre vuelvo a mi amada zona colonial.
Por Vilma Batista
