El viaje de la vida es una aventura constante que nos lleva por destinos únicos y maravillosos.
Darse la oportunidad y enfrentar los miedos nos abren todas las oportunidades para disfrutar a plenitud de los caminos que por aire, mar y tierra el Señor dispone para permitirnos contemplar la grandeza de su creación.
Recientemente me hice a la mar y ha sido memorable. Me he lanzado en lo profundo del perdón genuino. Flotado en las olas de la promesa y nadado con pasión hacia el horizonte de lo porvenir.
Probado con cautela la sal marina que adoba la vida para curar las heridas para hacernos más fuertes y a la vez más humanos.
Disfruto de la costa mientras pienso y siento la brisa tibia que me invita y ya no importa si la mar está calma o brava, en lo adelante siempre volveré a sumergirme llevándome del mandato bien recibido «Déjate llevar.»
Afectos, VB.-
