RESUMEN
La costumbre de llegar tarde, incumplir citas o desestimar los acuerdos del día a día no es un simple defecto: es una barrera para construir una sociedad más ordenada y justa.
En muchos debates sobre el desarrollo de nuestras sociedades, suele hablarse de la informalidad económica: el trabajo sin contrato, los negocios que operan al margen de la ley, la falta de seguridad social. Pero hay otra informalidad, menos visible aunque igual de perjudicial: la informalidad del compromiso personal, esa tendencia a faltar a las citas, llegar tarde, no cumplir lo prometido y subestimar el valor de la palabra dada.
Aunque parezca un asunto menor, la informalidad en el comportamiento personal erosiona silenciosamente los cimientos de la convivencia. Cada vez que alguien incumple un compromiso, no solo hace perder tiempo al otro: quiebra la confianza, ese bien tan escaso y esencial que permite el trabajo en equipo, la solidaridad y el progreso conjunto. Sin confianza, las relaciones —sean de amistad, de trabajo o comunitarias— se desgastan y se vacían de sentido.
El problema se agrava cuando esta informalidad se normaliza. Frases como “eso no es nada”, “es solo un atraso” o “ya lo haremos después” reflejan una cultura que desvaloriza el respeto al tiempo y a los acuerdos ajenos. Con el tiempo, esto genera desorganización, desconfianza e ineficiencia en todos los niveles: en las familias, en las empresas y en las instituciones.
Cuando el incumplimiento se vuelve habitual, el mérito pierde valor. Se abre paso a la mediocridad, a la falta de rigor y a la mentalidad de que “todo da igual”. Esto frena el crecimiento individual y colectivo. Las oportunidades se desperdician; el talento no se premia; el esfuerzo deja de ser reconocido.
Peor aún, la informalidad en lo personal alimenta la desconfianza en lo público. Si no respetamos lo básico en nuestras relaciones cotidianas, ¿cómo vamos a exigir orden y seriedad a nuestras autoridades? ¿Cómo vamos a construir instituciones fuertes si no somos capaces de cumplir, siquiera, con nuestras pequeñas promesas?
Por eso es urgente reivindicar el valor del compromiso personal. Llegar a tiempo, cumplir la palabra dada y respetar los acuerdos son actos de civismo. No son solo formalidades: son expresiones de respeto y una forma concreta de contribuir a una sociedad más justa, organizada y digna.
El cambio comienza por lo pequeño, por lo diario. La lucha contra la informalidad no solo es económica: es también una lucha por rescatar el valor de la responsabilidad en nuestras acciones más simples.
Por: Juan José Sánchez Núñez.
