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13 de enero 2026
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OpiniónVilma Yolanda BatistaVilma Yolanda Batista

Crónica de mi reencuentro con el Larimar

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Una mañana cualquiera en la Ciudad Colonial de Santo Domingo puede convertirse en una gran historia para contar.

Eso me sucedió en una de mis ya habituales rondas sabatinas, cuando dejándome llevar por el encanto de las calles adoquinadas y mi instinto por lo hermoso, llegué hasta un rincón mágico que me llamó la atención.

Entré a una tienda llena de piezas interesantes, pero fue quien me atendió lo que realmente hizo especial aquel momento: el hijo menor del maestro artesano, cuyo nombre japonés es tan encantador que prefiero mantener en el misterio, se me acercó y me dijo: “Te gusta mucho el Larimar”, al notar varias joyas que llevaba puestas.

Su saludo fue una invitación abierta al corazón y le conté mi relación con esta gema preciosa y única de nuestro país, oriunda de mi amada Barahona. Le compartí anécdotas de mis visitas a Casa Bonita, a playa Paraíso y a la escuela-museo local, donde he conocido y adquirido piezas irrepetibles.

Con una mezcla de orgullo y timidez, me narraba la historia de la piedra que ha sido parte de su familia por generaciones. Resulta que su padre, el reconocido artesano Miguel Méndez, es nada menos que el descubridor del Larimar en 1974.Fue él quien le dio su nombre, combinando el de su hija Larissa y el mar tan intensamente azul que caracteriza a la novia del Caribe.

Aunque Méndez es oriundo de Río San Juan en la costa norte, fue en las playas de Bahoruco donde identificó esta gema única, luego de que una señora llevara a su taller una interesante piedra azul hallada en la orilla de playa Paraíso. Su curiosidad lo llevó a investigar hasta descubrir la mina de donde hoy se extrae esta rara pectolita, que desde entonces es reconocida como la piedra nacional de la República Dominicana y cuya efeméride oficial se celebra cada 22 de noviembre.

El joven me contó cómo su padre, ya octogenario, sigue activo en su escuela-taller familiar, y cómo ha recorrido el mundo como embajador cultural del país, llevando consigo el Larimar como símbolo de identidad y su propio nombre japonés es fruto de un viaje a Japón.

Siempre me he sentido atraída al Larimar que desde sus muchos azules me seduce con esa combinación de azul cielo, azul marino y azul verdoso con vetas blancas como espuma.

Y fue precisamente gracias a un hermoso collar que me regalaron por mi cumpleaños que volví a reconectar con esta joya que, cada vez que la llevo, me hace sentir que llevo conmigo un pedazo del Caribe. Pero esa, como diría García Márquez, es otra historia.

Las joyas más valiosas no siempre están en grandes vitrinas, sino en esos pequeños detalles y lugares auténticos donde el arte y el tiempo parecen moverse más despacio, donde una piedra azul se vuelve puente entre el mar y el alma.

El Larimar no solo es una piedra hermosa, sino también símbolo de herencia, identidad y arte vivo a través de piezas únicas, hechas a mano, llevan impreso la historia y el sueño de nuestro país.

Lo que había comenzado como una caminata de sábado en la mañana se convirtió en una lección de historia y humanidad en el mismo centro de la Zona Colonial.

De esta experiencia salí con una sonrisa, un par de nuevas piezas y la certeza de que lo mejor de nuestras piedras no está solo en su originalidad, sino en quienes las tallan, heredan y comparten con pasión.

Por Vilma Yolanda Batista

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