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3 de abril 2026
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OpiniónCarlos Arturo GuisarreCarlos Arturo Guisarre

¿Conviene seguir apostando al gas natural para prender nuestras casas?

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RESUMEN

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Los pro y los contra de generar electricidad con una fuente energética sobre con alta exposición geopolítica, contaminante y costosa.

República Dominicana se encuentra en un punto de inflexión en su política energética. El gas natural, que hace apenas una década era marginal en la matriz eléctrica nacional, hoy representa cerca de un tercio de la generación y se proyecta que alcance más de la mitad hacia 2028. Este cambio, que responde a la necesidad de abandonar los combustibles más contaminantes y caros, no está exento de riesgos profundos, sobre todo por la condición geopolítica que marca el mercado internacional del gas.

Los contra pesan de manera considerable en la balanza. El primero es la absoluta dependencia externa: el país no produce ni un solo BTU de gas natural y depende por completo de las importaciones, en especial de gas natural licuado (GNL). Esta condición coloca a la nación en un escenario de vulnerabilidad frente a factores que escapan a su control, como la guerra en Ucrania que en 2022 disparó los precios globales hasta niveles récord, o las tensiones entre productores y consumidores que generan inestabilidad en el mercado. Aun cuando los precios internacionales se moderaron en 2023 y 2024, el historial de volatilidad demuestra que cualquier conflicto geopolítico, huracán que afecte rutas de suministro o movimiento especulativo en los mercados puede encarecer súbitamente la factura energética dominicana.

Otro riesgo evidente es que esta apuesta por el gas natural, aunque más limpia que el carbón o el petróleo, sigue siendo una apuesta fósil. La transición hacia renovables se ralentiza cuando los grandes capitales se concentran en nuevas plantas a gas en lugar de acelerar proyectos solares, eólicos o hidroeléctricos. En 2024, las energías limpias apenas alcanzaban el 19% de la matriz, un porcentaje insuficiente para garantizar sostenibilidad climática y seguridad energética a largo plazo. A ello se suman las emisiones de metano, un gas de efecto invernadero muy potente.

También hay que considerar los riesgos estructurales de los contratos a largo plazo. Si bien aseguran suministro, fijan a la República Dominicana en un sendero de dependencia a un solo combustible, con un peso cada vez mayor dentro del sistema eléctrico. La consecuencia puede ser una sobreexposición: que la mitad del sistema eléctrico dependa de un solo insumo importado significa que cualquier shock externo se multiplica en costos para los consumidores y en presiones para las finanzas públicas.

Pese a estas vulnerabilidades, no se puede ignorar que existen pros de relevancia. El gas natural es menos contaminante que el carbón o el fuel oil, lo que ha permitido a la República Dominicana reducir sus emisiones de dióxido de carbono y acercarse a estándares ambientales internacionales. Además, las plantas de ciclo combinado que utilizan gas son más eficientes y estables, aportando a un sistema eléctrico más confiable y con menos apagones, lo que se traduce en un impulso a la competitividad económica.

En términos de costos, en periodos de estabilidad del mercado, el gas natural ha significado una reducción frente a los combustibles más pesados, aliviando la factura petrolera y ofreciendo cierta previsibilidad presupuestaria. La expansión de la infraestructura global de GNL, especialmente en Estados Unidos y Europa, abre una ventana de oportunidad para que países importadores como República Dominicana tengan acceso a más proveedores, reduciendo la dependencia de pocos actores y aumentando la resiliencia en el suministro. De hecho, una eventual sobreoferta global, que ya empieza a vislumbrarse con la entrada de nuevas terminales y plantas de licuefacción, podría favorecer precios más competitivos para los importadores.

La decisión de abrazar el gas natural como pilar del sistema eléctrico dominicano tiene lógica en el corto y mediano plazo: ofrece estabilidad técnica, costos relativamente más bajos y una transición más limpia respecto a los hidrocarburos tradicionales. Sin embargo, los riesgos de dependencia y exposición geopolítica son demasiado altos para pensar en él como una solución definitiva. La verdadera seguridad energética del país solo podrá alcanzarse si esta apuesta por el gas se convierte en un puente hacia una diversificación más robusta, con una acelerada expansión de fuentes renovables que equilibren la matriz y reduzcan la vulnerabilidad externa.

La verdad sea dicha, República Dominicana debe utilizar el gas natural como recurso de transición y no como destino final.

El próximo paso es impulsar de manera decidida una política energética que acelere el crecimiento de las renovables, fortalezca la resiliencia del sistema eléctrico y reduzca la exposición a los vaivenes de la geopolítica global.

El autor es periodista, especializado en economía, finanzas, seguridad nacional y tecnología.

Por Carlos Arturo Guisarre

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