RESUMEN
Crecí entre Los Girasoles y la avenida Monumental. Sé lo que es vivir atrapada en un tapón, salir con tres horas de anticipación y, aun así, llegar tarde, o tener que abandonar la casa materna porque era imposible cumplir con mis responsabilidades laborales a tiempo. Lo viví, y aún lo vivo, porque resido a pocos metros del Jardín Botánico. Por eso entiendo, de primera mano, la urgencia de conectar mejor el Gran Santo Domingo con sectores como la República de Colombia, Los Peralejos, La Esperanza y otras zonas donde miles de familias han encontrado un lugar digno para vivir.
Lo cierto es que la expansión hacia la República de Colombia no se detendrá. La ciudad se ha extendido hacia el oeste. Es allí donde muchas familias jóvenes han logrado acceder a una vivienda digna. Y es hacia allá donde debe apuntar también la infraestructura urbana, siempre con criterios de sostenibilidad. No podemos seguir postergando soluciones por miedo a asumir los costos políticos de decisiones difíciles. Si hoy no se construyen rutas alternativas, el problema se agravará en cuatro, ocho, y en diez años será invivible.
Ahora bien, no se trata de defender a ultranza una obra ni de cerrarse a la discusión. Pero, a simple vista y aun sin que el Gobierno haya presentado formalmente los estudios, lo que se percibe es que el área más directamente impactada sería la zona del parqueo del Jardín Botánico. No estamos hablando de una tala masiva ni de una invasión al núcleo ecológico del jardín. Y si ese es el caso, se impone que el enfoque no sea solo evitar la afectación, sino también generar más espacios verdes en otras zonas de la capital, compensando y equilibrando la política ambiental con visión territorial.
Aquí el reto del Gobierno no solo es técnico, sino también comunicacional y político. La falta de información oportuna, la percepción de improvisación y la ausencia de canales de escucha han alimentado el malestar legítimo de sectores ambientalistas y ciudadanos preocupados por el impacto de cualquier intervención en áreas verdes. Como Gobierno, toca asumir con seriedad la planificación territorial y explicar con claridad cuándo, cómo y por qué se toman decisiones. La transparencia genera confianza.
Este debate no es nuevo, pero sí urgente. Y aunque la presión social muchas veces se enfoca en lo inmediato, lo cierto es que detrás hay decisiones técnicas, legales y, sobre todo, humanas. Como Gobierno y como sociedad, debemos aprender a comunicar mejor, a escuchar con más apertura y a planificar con visión de futuro. No se puede improvisar con lo público. Tampoco podemos permitir que el miedo a las reacciones en redes sociales nos paralice ante decisiones que, aunque difíciles, son necesarias.
El compromiso debe ser doble: proteger el medio ambiente con rigor y garantizar soluciones viales modernas y responsables. No se trata de oponer desarrollo contra naturaleza. Se trata de trazar un camino en el que ambos convivan, porque ambos son esenciales para el bienestar de las presentes y futuras generaciones.
Por Ely Encarnación
