RESUMEN
Preámbulo
Desde principios del presente siglo xxi han sido muchos los escritores que, en contra de su voluntad, dolorosamente se han visto en la necesidad de vender su más preciado tesoro: su biblioteca. Por parecidas razones se han visto en la necesidad de hacer eso: urgencias o limitaciones económicas casi siempre. A continuación, comentamos algunos casos de escritores de reconocida fama internacional que han apelado al recurso de negociar sus bibliotecas personales para enfrentar situaciones de crisis económica.
Para vender su biblioteca personal de 6,000 libros en 20,000 euros el poeta y pintor español José Mateos (1963-) había publicado, en septiembre del 2016, un anuncio en la plataforma de Facebook explicando la razón de esa decisión: «Se ha unido necesidad económica y soltar lastre». Una opinión muy singular del poeta —y un poco para justificar su difícil decisión— fue la siguiente: «[Las bibliotecas sirven para] aprender que hay 50 libros de los que no te debes desprender nunca y que el resto te sobra».
El 22 de junio del 2016 el periódico digital La Capital (La Plata, Argentina) publica —con el siguiente titular: «Escritor de Mar del Plata vende toda su biblioteca por una crisis económica personal»— una nota noticiosa en la que se informa que:
«Unos siete mil libros que integran la biblioteca personal del escritor y licenciado en Letras Carlos Aletto están a la venta por propia decisión de su dueño, quien contó a LA CAPITAL que vive un difícil momento económico y necesita deshacerse de ese enorme material, de alto valor emocional e intelectual para él, con el fin de hacer frente a un préstamo».
Carlos Aletto (1967-) es un narrador y periodista cultural argentino, ganador del Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires y fundador de la revista Unicornio.
En la edición del 12 de diciembre del 2021 del periódico español El País el periodista Ángeles Espinosa publica un artículo titulado «Un escritor afgano vende su biblioteca para pagar el alquiler». Se refiere al poeta Javed Farhad (1952-), quien confiesa: «Me siento raro, es como hubiera vendido a mis hijos». Espinosa recoge la explicación que justifica la decisión del poeta: «Debía tres meses de renta y desde que los talibanes tomaron el poder, perdí mi trabajo de profesor en la universidad y como editor en la cadena de televisión Khurshid».
Podría continuar este artículo reseñando dolorosos testimonios de escritores que, en contra de su voluntad, se han visto en la necesidad de apelar al recurso de vender su biblioteca personal ante situaciones económicas difíciles. Por razones parecidas yo también venderé mi biblioteca, pero no es pertinente explicar ahora cuáles son esas razones mías.
La promesa del Presidente de la República Dominicana
En la primera semana del mes de octubre del año 2021, en un encuentro sostenido en el salón de Las Cariátides del Palacio Nacional con numerosos escritores,* el presidente Luis Abinader Corona anunció que el gobierno adquiriría las bibliotecas privadas de los escritores dominicanos fallecidos, comprometiéndose de inmediato a comprar las de los escritores Marcio Veloz Maggiolo (1936-2021) y Carlos Esteban Deive (1935-2019). Dichas bibliotecas pasarían a formar parte de los fondos del Archivo General de la Nacional o de la Biblioteca Nacional «Pedro Henríquez Ureña». Testigos de ese compromiso contraído por el Jefe de Estado fueron los escritores siguientes: Diógenes Céspedes, Federico Henríquez Gratereaux, Pedro Antonio Valdez, Emilia Pereyra, Rafael Peralta Romero, Avelino Stanley, Virgilio López Azuán, Margarita Luciano, Frank Núñez y Luis R. Santos, entre otros.
Eso está muy bien. Es ir avanzando. Incluso si esa importante promesa hecha por el presidente Abinader Corona se formalizara mediante la creación de una ley quedaría institucionalizada esa iniciativa y cualquier presidente, en lo sucesivo, tendría que darle cumplimiento a la misma. Dicha ley tendría un reglamento que normaría su aplicación.
Adquisición de bibliotecas de escritores vivos
Ahora bien, yo pienso que esa decisión gubernamental de adquirir las bibliotecas de escritores fallecidos debería contemplar, también, la adquisición de bibliotecas privadas todavía en poder de los escritores vivos, pues en la República Dominicana, salvo contadas excepciones, cuando los autores mueren sus bibliotecas o las desarticulan los herederos, regalándolas sin criterio alguno o vendiéndolas «a granel» haciendo desaparecer colecciones bibliográficas de gran valor histórico-documental: tan solo con el fin de deshacerse de los libros porque ocupan espacios en la casa que objetos decorativos podrían ocupar.
Además, por una cuestión de justicia, un escritor que se ha pasado toda su vida construyendo un tesoro bibliográfico, tiene derecho —llegado a una situación de estrechez económica— a obtener los beneficios de la venta de su biblioteca, ya sea para resolver complicaciones de salud o para resolver sus problemas y angustias materiales o sencillamente porque ya le resulta incosteable su mantenimiento en el hogar.
Creo que el hecho de que el primer mandatario de la República dispusiera —en el mismo encuentro ya mencionado— de la adquisición de la biblioteca del intelectual y académico Jorge Tena Reyes —aún vivo, aunque muy quebrantada su salud— es un indicador de que se torna esperanzador el panorama y que esa decisión podría, en cualquier momento, ser extensiva a todos los escritores vivos sin importar el estado de salud en que se encuentren.
Escritores dispuestos a vender sus bibliotecas en vida
Muchos escritores dominicanos de renombre con los cuales hemos sostenido diálogos en torno al tema estarían dispuestos a venderle al Estado dominicano sus bibliotecas: Bruno Rosario Candelier, Federico Henríquez Gratereaux, Radhamés Reyes Vásquez, Juan Freddy Armando Amparo, Julio Cuevas y Eric Simó. ¡También yo!
Otros escritores —Franklin Gutiérrez y Emelda Ramos, por ejemplo— me han confesado que, llegado el momento, estarían dispuestos a vender sus bibliotecas en vida. Ramos me confesó que delegaría en sus hijos esa gestión.
Yo también venderé mi biblioteca por parecidas razones
No tan solo los escritores citados están dispuestos a vender sus bibliotecas: yo también estoy dispuesto a hacerlo; y estoy en la mejor disposición de negociar la venta de mi biblioteca —¡ya!— con cualquier institución gubernamental o entidad del sector privado: universidad, fundación o centro cultural. Incluso con cualquier organización extranjera.
Mi biblioteca es una especie de centro de investigación, clasificada atendiendo a los diez campos temáticos contemplados en el Sistema de Clasificación Decimal Dewey, de aplicación en todo el mundo bibliotecario. La tercera parte de esos fondos son joyas bibliográficas de autores dominicanos y extranjeros, es decir, libros editados hace 60, 70, 80, 90 y hasta más de 100 años.
Hay en mi biblioteca dos grandes divisiones bibliográficas: Colección Dominicana y Colección General o Extranjera. Dentro de cada una de ellas existen los 10 campos temáticos señalados en el párrafo anterior: Arte, Ciencias agrupadas (Ciencias Sociales, Ciencias Puras y Ciencias Aplicadas), Historia y Geografía, Filosofía y disciplinas relacionadas, Lenguas, Literatura (Antologías, Infantil y juvenil, Cuento, Novela, Poesía, Drama, Retórica, Historia y Crítica), Obras de referencia (Generalidades) y Religión.
Existen, además, las colecciones especializadas que, por años, he venido desarrollando: Colección Eugenio María de Hostos, Colección Familia Henríquez Ureña, Colección José María Vargas Vila, Microhistoria, Colección Letras Hispánicas (Editorial Cátedra), Colección Libros valiosos por su antigüedad y Colección Trujillo y su Era. Desde hace cierto tiempo he venido trabajando en el desarrollo de otras colecciones especializadas: Colección Premios Nobel de Literatura, Colección Escritores Caribeños (América Insular), Colección Escritores Estadounidenses, Colección Escritores Sudamericanos, Colección Escritores Europeos, Colección Escritores Orientales y Colección Escritores Africanos y Colección Relaciones Domínico-Haitianas, entre otras.
Los fondos de mi biblioteca contienen unos siete mil títulos y aunque está valorada en seis millones de pesos dominicanos por técnicos expertos en materia bibliotecológica, el precio está sujeto a una serie de variables dependiendo de la institución que desee adquirirla y de las condiciones bajo las cuales se llevaría a cabo la negoción.
Cualquier interesado en ver mi biblioteca puede contactarme y coordinamos una visita para verla físicamente: pasearse por su estantería. Se vende completa, no fragmentada.
