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6 de febrero 2026
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OpiniónJose Espinosa FelizJose Espinosa Feliz

Yo sigo siendo aquel…

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RESUMEN

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Hay quienes cambian con el tiempo y quienes se aferran a aquello que los formó. Yo sigo siendo aquel… —y no me refiero a la canción que canta Raphael de España—, sino aquel joven campesino que llegó a la ciudad con timidez, pero con una formación inculcada por sus padres, basada en la cultura y el comportamiento que debía guiar su vida. Lo curioso es que, en estos tiempos, mantenerse fiel a uno mismo parece casi un acto de rebeldía.

Tanto la ciudad como el campo mantienen en su esencia muchas similitudes, pero al que vivía en la ciudad se le reconocía como más “tíguere” —no en el sentido literal, sino en la agilidad para resolver situaciones y en el conocimiento de los intríngulis de las relaciones interpersonales y sociales propias de las grandes urbes—.

La relatividad de los valores

Sin embargo, el campesino, “lleno de hojas” —decían—, desconocía esas argucias y astucias para sobrevivir. No es que el que vivía en el campo fuera más honesto o tuviera una educación hogareña más sólida: no se trata de eso. Esa diferencia o relación no es el tema de este artículo. Sí lo es, en cambio, llover sobre mojado sobre el sentir de los valores. Preguntarme si los valores son relativos, si flotan y toman formas diversas; si dependen de circunstancias o del destino; si obedecen a intereses políticos, sociales, comerciales o, simplemente, personales.

¿Hacer lo que le conviene?

Si es cierto «que en política se hace lo que conviene» —como lo afirma un connotado abogado y político—, entonces, independientemente de que esta frase esté ya manoseada, si se toma en sentido amplio, arrasa con todos los valores. ¿No sería esto contrario a lo que expresaba Juan Pablo Duarte cuando decía que «la política, después de la filosofía, es la ciencia más pura y más digna»? ¿No deja esa expresión un mensaje distorsionado a la juventud? Cuando oigo frases como esa en boca de un joven, me da mucho miedo.

Las estrategias, habilidades y el estudio del comportamiento político-psicosocial son cosas diferentes; hasta me parecen emocionantes. Son herramientas de la política para tomar decisiones trascendentales que convengan a la organización y al país.

No dejo de entender que «hacer lo que conviene» es un término ligado a la búsqueda de objetivos personales e institucionales; sin embargo, creo que la frase es demasiado amplia y puede ser malinterpretada por las mentes incipientes en formación.

Surge la pregunta: ¿dependiendo de esas condiciones o contingencias de «que en política se hace lo que conviene» actuamos en consonancia? Si es así, entonces esas razones impulsan a definir los valores, compromisos o actuaciones de nuestra vida. En ese sentido, digo que, aun después de todo este tiempo, sigo siendo aquel campesino que salió de un pueblo lejano llamado Polo, lleno de esperanza por un mundo mejor.

Doble cara

¿Será que no he evolucionado? ¿Qué no me he puesto el traje de la modernidad y sigo varado con una mente arcaica, desfasada de la realidad? Y me pregunto: ¿por qué aquellos que critican el rumbo que lleva la sociedad, movidos solo por intereses, conceden tanta aquiescencia, preeminencia, espacio y tiempo a cualquier confeso violador —que incluso se enorgullece— de transgredir normas, leyes, reglamentos y disposiciones que rigen la vida en comunidad? ¿Qué mensaje reciben entonces los jóvenes sobre lo que realmente les conviene?

Sigo siendo aquel que, al salir del campo, llevaba impregnado un mundo atiborrado de timidez e introversión; aquel a quien se le dificultaba comunicarse, pero también aquel que tenía impresos, con tinta indeleble, los valores que unos padres —iletrados, pero insistentes en vigilar nuestra conducta— moldearon hasta convertir en una estructura firme, difícil de cambiar con el tiempo. Alguien dijo que «lo muy rígido se rompe», y yo creo que si, por eso repito lo que dijo Alberto Cortez en una canción: «Ni poco ni demasiado, todo es cuestión de medida».

La timidez no era una actitud impuesta, sino fruto de la rigidez de esos valores que, a su manera, quisieron inculcar. Era necesario, si no erradicarla, al menos transformarla, y así ha sido. La timidez, en su sentido más amplio, puede ser un obstáculo; sin embargo, controlada, es saludable. Aún conservo esa parte, porque me permite mantener límites y no traspasar las fronteras que imponen valores como la honestidad, el buen comportamiento, la solidaridad, el agradecimiento, el valor de la palabra, la humildad, la sensibilidad humana y el cumplimiento de los compromisos contraídos.

«Dualidad que beneficia»

¿Quién determinó la división entre valores y antivalores? Tal vez algunos creen que no existe tal división, y que podemos recurrir a uno u otro según nos convenga. Me resisto a aceptar esa dualidad, así como la idea de que una persona es mala solo porque no está conmigo, y buena si viene a mi lado, como si así se curaran todas sus maldades.

Algunos quieren vivir en un mundo lleno de confusiones; así, cuando les conviene, se hacen de la vista gorda. Así legislan, ordenan o disponen al antojo, solo para su propio beneficio.

Pero yo… yo sigo, sigo siendo aquel…

José D. Espinosa Feliz

josedespinosa@gmail.com

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