RESUMEN
La gente que escribe Dios, o cualquier otro nombre propio con minúsculas, que te dice impune, casimente, que siente con c, o que le da igual que haya o que haiga, enferma al más saludable de los cristianos. Y lo duro del caso, te los encuentras en las oficinas del gobierno, en las consultas privadas, en los estrados, en las cátedras universitarias y en los ministerios de Educación o de Cultura, como que nada , a la roca, sin anestesia.
Hay algo más grave: son tantos, son tan numerosos, y están en una mayoría tan aplastante, que los feligreses se sienten rehenes de una muchedumbre invencible. Abyecta, pero invencible. Lo mismo te sueltan un «ola» beligerante en las mañanas, que un «dios guarde tus entradas y salidas».La romana va asi, sin transición, a mansalva, como la gallina, que defeca sin apenas enterarse. Y en lo que respecta a mi pueblo, te lanzan un hato mayor indecente, y cuando les toca hablar de candidatos, nadie nos salva de un leonel fernández . Esta gente tiene un estómago tan blindado que les da igual irse a estados unidos, a españa o al mismísimo dubai, porque no se debe olvidar que los hay de la clase media ascendente, y que no pocas veces tiene en la mano izquierda el anillo que atestigua su condición de egresados de altas casas de estudios.
La gente con el poder de enfermarte puede que se encuentre enquistada en el mismísimo congreso de la República, o que dirija instituciones en cualquier otro estamento del Estado. («habíanos tres diputados en la comisión», o todavía mas infame: «habemos tres ministros en el gabinete»).
Ponerse a salvo es imposible. Están diseminados en la totalidad del espectro. Y es improbable renunciar a relacionarse con la banca, el comercio, la industria, el gobierno, la justicia, y demás. Pero cabe la posibilidad de mantenerse a resguardo mas o menos relativo: estrechemos lazos con nuestros iguales.
Por Marcelino Ozuna
