EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.-El eventual retorno de Hipólito Mejía como protagonista en unas primarias cerradas del Partido Revolucionario Moderno (PRM) no debe analizarse solo desde la perspectiva anecdótica o emocional, sino como un fenómeno político que pondría a prueba la madurez institucional del partido gobernante y la naturaleza real de su cohesión interna. La figura de Mejía, lejos de representar una simple expresión del pasado, encarna un tipo de liderazgo que conecta con segmentos sociales y emocionales que todavía definen el voto popular dominicano.
El PRM ha construido su hegemonía sobre una dualidad compleja: por un lado, la modernización del aparato estatal impulsada por el presidente Luis Abinader y, por otro, la herencia emocional y simbólica del viejo perredeísmo que dio origen al partido. En ese equilibrio, Hipólito Mejía ocupa un lugar particular, porque su liderazgo no depende de estructuras burocráticas ni de aparatos comunicacionales, sino de vínculos orgánicos con las bases tradicionales y con sectores que se identifican con su estilo franco y directo.
Las primarias cerradas constituyen, en este contexto, un mecanismo de medición de poder real dentro del partido. A diferencia de las abiertas, que dependen de la opinión general del electorado, las cerradas reflejan la correlación de fuerzas internas y el peso de las lealtades acumuladas. En ese escenario, Mejía posee un capital político que, aunque invisible para la tecnocracia partidaria, puede traducirse en una movilización decisiva si las estructuras intermedias —dirigentes municipales, regionales y zonales— se activan en su favor.
El impacto de un triunfo de Hipólito Mejía sería estructural. Implicaría no solo una reconfiguración del liderazgo interno, sino también un cambio en la narrativa ideológica del PRM. El partido pasaría de proyectar una continuidad tecnocrática a un modelo de reafirmación histórica del populismo democrático que caracterizó su origen. Tal giro modificaría las estrategias comunicacionales, la composición de alianzas internas y la relación con el empresariado y los grupos de poder que respaldan al actual gobierno.
No se trata únicamente de una pugna de liderazgos, sino de visiones contrapuestas sobre el sentido del poder. Mientras la gestión de Abinader ha apostado por la institucionalidad y la gobernanza técnica, el liderazgo de Mejía se apoya en la empatía social, en la autenticidad del discurso y en una conexión emocional con sectores que sienten que la política moderna se ha vuelto distante y elitista. De imponerse este enfoque, el PRM podría experimentar una recomposición de su identidad hacia un perfil más social y popular.
Desde la perspectiva institucional, un eventual retorno de Mejía al protagonismo electoral pondría a prueba la capacidad del PRM para procesar sus tensiones internas sin fracturas. Un partido gobernante que aspire a mantenerse en el poder más allá de dos períodos consecutivos debe demostrar que puede coexistir con liderazgos fuertes sin caer en personalismos ni divisiones. La manera en que el PRM gestione esta eventual competencia será un termómetro de su madurez política y su viabilidad como organización duradera.
En el tablero político nacional, el efecto sería inmediato. La oposición, encabezada por la Fuerza del Pueblo, tendría que reajustar sus estrategias, pues enfrentaría a un adversario con legitimidad popular, experiencia ejecutiva y una narrativa de cercanía que podría penetrar en espacios donde el oficialismo había perdido frescura. Mejía, a diferencia de otros líderes, no necesita reconstruir una identidad: ya la tiene consolidada, y su sola participación redefiniría el tono de la competencia electoral.
A nivel social, el fenómeno también tendría implicaciones relevantes. En una ciudadanía marcada por la desconfianza hacia las élites políticas, la figura de un líder que habla sin eufemismos y que conserva una relación horizontal con la gente puede convertirse en un factor de movilización. Más allá de su edad o de su pasado presidencial, Mejía representa una corriente emocional que sigue vigente en la cultura política dominicana: la de la espontaneidad frente a la formalidad, la del vínculo humano frente a la gestión distante.
De cara al 2028, la hipótesis de unas primarias cerradas ganadas por Hipólito Mejía no sería solo un episodio partidario, sino un acontecimiento con impacto sistémico. Redefiniría el liderazgo dentro del PRM, alteraría el mapa de alianzas políticas y obligaría a la oposición a reordenar sus prioridades. Pero, sobre todo, evidenciaría que la política dominicana continúa siendo un terreno donde la conexión emocional y el carisma pueden desafiar, e incluso superar, las estructuras racionales del poder.
Pensar en esa posibilidad no es un ejercicio de nostalgia, sino una reflexión sobre la dinámica del poder político en República Dominicana. Si el liderazgo tecnocrático representa la estabilidad, el liderazgo carismático encarna la vitalidad. Y cuando ambos se enfrentan dentro de un mismo partido, el resultado no solo redefine el rumbo de la organización, sino también el tipo de democracia que la sociedad está dispuesta a construir en el futuro inmediato.
