RESUMEN
El embajador de Estados Unidos en República Dominicana no habla español, o al menos así lo da a entender al andar siempre con un traductor.
La falta del dominio de nuestro idioma, sin embargo, no ha sido barrera para que James (Wally) Brewster sea el centro de atención en una polémica que lo ha hecho famoso en tiempo récord.
Su condición de homosexual, que a orgullo él grita a los cuatro vientos, quizás no es el motivo por el que un sector conservador de la sociedad lo rechace.
Más bien es su conducta (que en su criterio es normal y natural), pero que cae como un “trago amargo” para algunos, por lo inusual en un país que todavía no asimila el reconocimiento de los derechos de las preferencias sexuales.
Brewster sabe que está de paso en un país “tercermundista”, y que por tanto, el rechazo de algunos a su promoción de la agenda gay no ha de resultarle extraño. Es una respuesta propia de una sociedad que se aferra (bueno o malo) a sus tradiciones.
Si eligió venir aquí debió saber que su lucha por la defensa de la homosexualidad y el lesbianismo no sería fácil, por ser ésta una sociedad de costumbres muy distintas a las de su moderna y gran nación.
El problema no es su homosexualidad, ni siquiera que se pasee con su hombre donde le plazca. Es una cuestión de la propia esencia de su misión diplomática, que muchos entienden está muy centrado en la agenda gay.
Ya la jerarquía católica pegó el grito al cielo, rechazando el comportamiento del embajador y reclamó al gobierno dominicano elevar una protesta ante Washington.
La Conferencia del Episcopado Dominicano puso el oído en esa parte del pueblo que se queja, pero no olvidemos que son los mismos obispos que se taparon ojos y oídos en el caso, precisamente de otro embajador, el tristemente célebre Jozef Wesolowski, representante aquí del Vaticano acusado de abusar sexualmente de menores.
Todo esto se salpica de un serio problema de doble moral, ligado a viejas e intrínsecas costumbres dominicanas, que muchos no desean cambiar por meras influencias foráneas.
El embajador, sin hablar español, se ha comunicado con nosotros más que todos los que le han precedido en el cargo.
POR LUIS BRITO




