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16 de enero 2026
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OpiniónAlfredo StefanAlfredo Stefan

Volver a casa y volver a empezar: Navidad, diplomacia y la importancia de crear vínculos

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RESUMEN

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Ya entrado enero, cuando las luces navideñas se apagan y la rutina vuelve a imponerse, muchos diplomáticos miramos hacia atrás y recordamos el reciente regreso a casa. Para quienes vivimos fuera, el cierre de año suele estar marcado por ese reencuentro con la familia, por las Navidades compartidas y por la oportunidad de reconectar con los afectos de siempre. Volver al hogar, aunque sea por unos días, tiene una carga emocional profunda. Es un recordatorio de quiénes somos, de dónde venimos y de las personas que nos sostienen incluso cuando estamos lejos.

En mi caso, ese regreso no ocurrió en diciembre, sino en octubre, y fue completamente inesperado para ellos. Me presenté de sorpresa en la boda de mi hermana, justo en el momento de la ceremonia. Ver su reacción, la emoción de mi madre, que entre risas y lágrimas me reclamaba que le iba a arruinar el maquillaje, y sentir el ambiente cargado de alegría entre los invitados fue un instante difícil de describir. Fue un regalo. Un momento profundamente humano que me recordó el valor de la presencia, del abrazo y del tiempo compartido. Poder pasar esos días con mi familia, reencontrarme con amigos y volver a sentirme en casa fue, sencillamente, grandioso.

Muchos diplomáticos viven algo parecido cuando regresan a su país después de haber salido a misión. Para algunos colegas que partieron el año pasado, ese viaje significó reencontrarse con su gente tras meses de adaptación, cambios y silencios. La casa, los amigos de siempre y las relaciones ya construidas funcionan como un refugio emocional. Todo fluye con facilidad. Las reuniones se dan casi solas. Basta un mensaje para verse, compartir una cena o pasar horas conversando.

Es precisamente ahí donde aparece una sensación particular al momento de volver a la misión. Regresar a un país que aún se siente ajeno, a una cultura distinta, a un entorno donde las relaciones todavía están en construcción, puede resultar más exigente de lo esperado. El contraste es fuerte. En casa, los vínculos están dados. En el destino, muchas veces todavía no.

A esto se suma lo que suelo llamar el “efecto turista”. Cuando vivimos fuera y regresamos al país, nos convertimos, por unos días, en visitantes especiales. Todo el mundo quiere verte, escucharte, saber cómo estás. Las agendas se abren, las invitaciones aparecen y la atención se multiplica. Esa experiencia puede reforzar la percepción de que en casa todo es más fácil, más cercano, más inmediato. Y en buena medida lo es, porque las relaciones ya existen y porque el contexto, especialmente durante las fiestas, favorece el encuentro.

El desafío comienza al retomar la misión. Allí, crear nuevas amistades no ocurre por inercia. Requiere intención y constancia. Como ya señalé en mi artículo anterior, estudios del profesor Jeffrey Hall, de la Universidad de Kansas, muestran que se necesitan alrededor de 50 horas para pasar de conocidos a amigos casuales, cerca de 90 horas para considerarse amigos y más de 200 horas para construir una amistad cercana. Estos datos ayudan a poner en perspectiva el proceso y a entender por qué, tras uno o dos intentos fallidos de coincidir con alguien, es fácil desanimarse.

Ese desánimo suele acentuarse cuando venimos de casa, donde no hay que insistir para ver a los amigos. Allí, las relaciones están hechas. En la misión, en cambio, cada café, cada invitación y cada conversación cuentan. No siempre habrá una respuesta positiva a la primera ni a la segunda. Pero abandonar el intento demasiado pronto suele ser el mayor error.

Hay además una realidad de la que se habla poco. Para algunos diplomáticos, las fechas navideñas transcurren lejos de casa sin haber logrado aún construir una nueva red de apoyo. Pasar esos días en soledad, o con vínculos todavía frágiles, puede resultar pesado, nostálgico y emocionalmente difícil. La Navidad, asociada socialmente a la familia y a la cercanía, amplifica la sensación de ausencia cuando no se tiene con quién compartirla. Reconocer esta realidad es importante, porque no es una debilidad, es una experiencia humana común en los procesos de adaptación y migración.

Por eso, crear vínculos no es solo una cuestión social o profesional, es también una necesidad de salud mental y emocional. Tener amigos, contactos y personas con quienes compartir la vida cotidiana influye directamente en nuestro bienestar y, en consecuencia, en nuestra capacidad de desempeñar mejor nuestra labor. En diplomacia, además, las relaciones humanas no son accesorias. Son parte esencial del trabajo. Los buenos contactos facilitan encuentros, abren puertas, permiten conectar con otras personas, impulsar inversiones, promover exportaciones y generar oportunidades concretas para nuestros países.

Volver a casa recarga, reconecta y emociona. Pero volver a la misión exige una actitud consciente. Implica salir del desgano, vencer la comodidad y asumir que construir una nueva vida social es una tarea activa. No siempre será fácil, pero es necesaria. Para nuestra profesión, para nuestra salud emocional y para recordar que, incluso lejos de casa, es posible volver a sentirse acompañado.

 


El autor es diplomático de carrera y actualmente se desempeña como Primer Secretario de la Embajada de la República Dominicana en la India, con concurrencias en Bangladés, Maldivas, Nepal y Sri Lanka. Posee más de 20 años de experiencia diplomática y ha representado al país en misiones en Jamaica, Portugal, Colombia y Trinidad y Tobago, donde se desempeñó como Ministro Consejero y Encargado de Negocios a.i. Es licenciado con honores y cuenta con una Maestría en Diplomacia y Servicio Consular del Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular (INESDYC), así como un MBA de la Escuela Europea de Negocios de Salamanca, España. Recientemente publicó su primer libro, Haz Click. Empatía en Acción, una obra centrada en el uso consciente de la empatía y las habilidades sociales como herramientas para mejorar la comunicación, fortalecer relaciones humanas y generar impacto positivo en distintos entornos. Esta publicación marca el inicio de una línea de escritura que el autor planea continuar, enfocada en el desarrollo de habilidades sociales aplicadas a la vida personal, profesional y al ejercicio diplomático.

Por Alfredo Stefan

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