Desde que inicié mis estudios en sociología, si antes todo me preocupaba, ahora todo me ocupa. He comenzado a ver la sociedad con otros ojos, y un tema que me inquieta es el de la violencia vial. El tránsito, que debería ser solo una parte rutinaria de nuestras vidas, se ha vuelto un problema desbordado. Las calles parecen zonas de guerra, donde la convivencia se hace casi imposible.
Ayer martes, mientras regresaba a casa luego de mi jornada laboral, la situación se tornó gris. Y no solo porque llovía a cántaros por los efectos de la tormenta Melissa, sino por el frenesí desmedido de la gente (tanto vehicular como de los transeúntes). Como yo, miles de personas pasamos horas atrapadas en un tránsito insoportable que fue noticia en los medios de comunicación.
Sí, la tormenta tuvo su efecto. Pero lo que más se evidenció fue nuestra conducta colectiva. La inoperancia, la falta de planificación y la ausencia de políticas preventivas por parte de las autoridades quedaron totalmente al descubierto. Pero también quedó expuesto algo más grave: un problema social que nos afecta y nos involucra a todos.
Cuando llegué a casa, dejé el vehículo parqueado y salí a buscar algo de comer. Aunque estaba claro que caminaba expuesta, los vehículos pasaban a toda velocidad sin cuidado alguno. Debí protegerme para no ser bañada, también observé el comportamiento de quienes iban a pie. Nadie cedía, nadie pensaba en el otro. Todo era caos, prisa, y un “sálvese quien pueda” a plena luz del día.
Estamos actuando como si fuésemos animales salvajes, sin reglas ni compasión.
Ayer, igualmente me enteré de la muerte de un bartender de un bar en la Ciudad Colonial. No lo conocí, pero me dolió profundamente saber cómo murió. Fue víctima de un accidente de tránsito, y lo más alarmante: su agresor lo dejó abandonado en el lugar. ¿No es eso violencia? ¿No es eso indolencia, falta de empatía y desprecio por la vida humana?
Estos actos nos deben sacudir. Nos deben hacer reflexionar, no solo como ciudadanos, sino como sociedad. Porque lo que estamos viviendo en el tránsito evidencia el tipo de relaciones que estamos construyendo, cómo respondemos al caos, y cómo nos tratamos unos a otros cuando nadie nos ve.
Es triste, porque vivimos en un país reconocido por su hospitalidad y calidez humana, pero al mismo tiempo estamos dejando que la violencia se apodere de nuestras calles. Es urgente que dejemos de normalizar lo inaceptable. No podemos seguir siendo indiferentes frente a estas señales de alerta.
Como aprendiz, como ciudadana, como persona que camina y respira esta ciudad —y que a veces se siente impotente— no puedo quedarme callada. No solo me preocupa, me ocupa. Porque el cambio empieza por reconocer el problema, hablarlo, compartirlo, y exigir tanto nuestra responsabilidad social como la acción política que este tema requiere.
Las calles no deben ni pueden seguir siendo campos de batalla. Nos toca a todos—como sociedad civil, como ciudadanos y como Estado— actuar antes de que esta violencia nos trague por completo.
Por Evelin Peguero
@evelinpeguero
