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16 de febrero 2026
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OpiniónRoberto LafontaineRoberto Lafontaine

Violencia obstétrica: lo que el protocolo no dice

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RESUMEN

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En República Dominicana, morir por parir sigue siendo una posibilidad real. El país mantiene una de las tasas de mortalidad materna más elevadas de América Latina, muy por encima del promedio regional y abismalmente superior al de los países de la OCDE. Pero detrás del número hay más que biología y estadísticas: hay estructuras que matan en silencio.

Los hospitales públicos, especialmente en zonas rurales y empobrecidas, apenas alcanzan el 55 % de las condiciones mínimas para una atención segura, según evaluaciones de la OPS. Y cuando el sistema colapsa, no es la institución la que recibe la culpa, sino la mujer: se le acusa de llegar tarde, de no controlarse, de no entender. La negligencia se oculta tras la bata blanca; la humillación se disfraza de complicación médica.

No se trata solo de falta de recursos. Se trata de una cultura institucional que opera bajo una lógica patriarcal: controla, disciplina, y deshumaniza los cuerpos de las mujeres, especialmente si son pobres, negras o migrantes. En ese sistema, parir deja de ser un acto vital y se convierte en una carrera de obstáculos marcada por el miedo, la soledad y el desprecio.

Este es el trasfondo que no suele decirse. Y es justamente desde ahí, desde esa arquitectura de poder que normaliza el maltrato, que debemos mirar de frente un fenómeno todavía más invisibilizado: la violencia obstétrica.

Aunque los informes oficiales muestran preocupación por la mortalidad materna, poco se dice del trato que reciben las mujeres durante el parto. La violencia obstétrica no es anecdótica: es estructural. Y lo peor, es que está normalizada.

Muchos señalan a los médicos como los responsables. Pero esa mirada es incompleta. El médico no es el origen del problema; es un engranaje más dentro de una institución que ha sido diseñada para controlar, estandarizar y disciplinar el parto. Desde esa lógica, el cuerpo de la mujer no se acompaña: se domina. La violencia obstétrica es, en realidad, una expresión institucional del patriarcado.

En América Latina, la violencia obstétrica es un fenómeno ampliamente documentado. En países de la OCDE, aunque también existe, su prevalencia se reduce gracias a sistemas institucionales más robustos y protocolos con enfoque de derechos.

La formación médica, los protocolos hospitalarios, la estructura de mando vertical y la falta de mecanismos de denuncia efectivos constituyen una red institucional que permite que estas prácticas persistan. Tactos sin consentimiento, gritos, insultos, episiotomías innecesarias: todo eso no es mala praxis individual. Es una cultura de maltrato que se legitima como rutina.

En los textos de Gioconda Belli, la experiencia del cuerpo de la mujer, su dolor, su deseo, su parto, se vuelve palabra insurrecta. Inspirándonos en ese universo simbólico, podríamos decir: “Parirás con dolor, se dijo desde el principio. Pero la humillación, el maltrato, la soledad en la sala, no vinieron de Dios. Eso lo decidió la institución. Yo solo quería parir con dignidad.”

Y aunque sabemos que no es posible resolver la mortalidad materna solo desde la clínica, pues las causas son sociales, ambientales y culturales, no es ético ignorar el nivel de irrespeto al que se ha llegado en los servicios de salud. No es ético normalizar el grito, el desprecio o la humillación como parte del parto. No es ético callar. No es ético ser indiferente.

Por eso, aunque no resolvamos todo el entramado social que produce la muerte materna, podemos y debemos transformar la cultura institucional que desprecia la vida mientras finge salvarla. La violencia obstétrica no es atención. Es negligencia con bata blanca. Y ya no se puede maquillar.

El autor es miembro del Núcleo República Dominicana – GT Salud Internacional CLACSO, profesor universitario y exdirector de hospitales.

Por Roberto Lafontaine

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