RESUMEN
En el evangelio de Juan, 8:1.11 se recoge que el Mesías, ante la multitud que pretendía lapidar a la mujer adúltera, interrogó, severo, al gentío. «Cuál de ustedes está libre de pecados? El que lo esté, que tire la primera piedra.» Y que dirigiéndose a la imputada, ya solo con ella, sentenció «Ni yo te condeno. Vete y no peques más».
Se me ocurre pensar lo mismo respecto de Bad Bunny. Mucha gente, entre las que me incluyo, lo satanizaron por sus letras soeces del pasado, y por el contenido procaz de su cancionero. Pero su trabajo en Debí tirar más fotos lo exculpa de la lapidación, más allá de cualquier duda razonable. No deberíamos ser tan severos con la gente. Bad Bunny es el artista más popular del planeta en este momento. Y que sea un muchacho de Puerto Rico, en el vecindario del Caribe, debería ser un orgullo compartido por quienes vinimos al mundo en este archipiélago de azúcar y de alcohol, como en el poema de Pedro Mir.
No faltan quienes le acusen de ser obra del mercadeo y de las conveniencias de empresas dedicadas a vender contenidos light y a enajenar multitudes. Y los hay, desde luego, quienes pretender desdeñar su proeza bajo el presupuesto de que su arte cosificó en el pasado la mujer, o que dijo esto, aquello y lo otro. Cabe la posibilidad, estimo, que haya mucho de razón en cualquiera de los argumentos anteriores.
Pero si un hombre, propietario de las más importantes atalayas del mundo, las usa para dar la cara por su cultura, para abogar por sus ríos, por su gente, y para cantar a la belleza del coquí, o para reivindicar la nostalgia, o incluso para tomarse el trabajo de hablar en su obra de Willie Colón (un canalla con pintas en el lomo, pero un artista grande) del toletero dominicano Juan Soto, en fin, para enaltecer su historia y su verdad, ese hombre no puede ser lapidado por su pasado.
El primer humano en ganar un Grammy al disco del año, grabado totalmente en español, pudo haber aprovechado la noche para agradecer, como todos, a su discográfica, a su madre, a su novia, y demás. Este muchacho en cambio, prefirió encarar a la totalidad de los payos y a no pocos gitanos y decidirse por ser abogado de la tarde de Santurce, del Pitorro, del legado de Maelo y de la galería rosada de la casita en Jayuya.
El caribeño que inauguró el camino de que un hispano parlante se presentase como protagonista del Super Bowl y que levantara su voz para izar la belleza, incluso con sus pecados del pasado, merece palomas, banderas, poemas, lienzos, y acuarelas. Merece azules cianíes, y merece canciones, y borbotones de ternura y de esperanza.
Usted necesita ser un burro de tres orejas para no amnistiar a la gente que se redime de sus transgresiones. Nadie es perfecto, además. Sinceramente, por mí, que se vaya y no peque más.
Por Marcelino Ozuna
