RESUMEN
Desde el 1978 cuando Joaquín Balaguer traspasó el poder a Silvestre Antonio Guzmán Fernández, se hizo parte de la cultura protocolar palaciega, que el presidente saliente esté presente en la juramentación del entrante. Eso envía un mensaje a la colectividad de que vencedor y vencido, son parte del juego democrático y de esa cadena de progreso que debe seguir nuestro pueblo. Aunque cambiemos de capitán seguimos en el mismo barco.
Todo comportamiento social que se hace perdurable en el tiempo pasa a convertirse irremediablemente en cultura. La presencia del mandatario saliente en la investidura del entrante es parte de la cultura protocolar de la Asamblea Nacional, reunida en el congreso. No hay un estamento jurídico que le obligará a estar allí, pero tampoco se han suscitado episodios bochornosos que justificaran su ausencia. Por lo general se funden en un abrazo que es visto por la colectividad como un gesto de unidad de gobierno y oposición por el bien de la Nación.
El presidente Medina, ha sido un abanderado de la democracia, la decencia y del respeto de los derechos individuales. Es conocido por su poco hablar, tímido y muy reservado. Quienes tienen mayor nivel de cercanía a su figura, lo definen como rencoroso, ambicioso de poder e impositivo. Nos cuesta creer todo cuanto se escucha decir de un presidente, pero siendo una figura pública de amplias dimensiones, eso lo vemos como normal.
Sabemos que el deseo de Danilo Medina era que su partido y su candidato, Gonzalo Castillo, ganara las pasadas elecciones. Sabemos que para eso trabajó y, lo hizo con tanto ahínco, que no le importó poner en juego la unidad de su partido, su gobierno y la seguridad sanitaria del país. De él escuchamos decir que sería un honor entregarle la banda presidencial a Gonzalo y, afirmar con tanta seguridad que hasta él mismo lo creyó, que Gonzalo le sustituiría en el cargo.
Si fuera otro presidente, que no fuera a entregar la banda presidencial (Hipólito Mejía, por ejemplo) uno lo aceptara y hasta daría crédito a sus razones. Pero que sea Danilo Medina, que reúse a estar presente, podemos inclinarnos a pensar que la personalidad calmada, tímida y esquiva, no sea más que un escudo a otra, que para la mayoría de los dominicanos es desconocida.
La juramentación es una fiesta del vencedor, donde los invitados nacionales e internaciones han sido convidados por el festejado. Pero quien cede la banda presidencial, tuvo su momento de gloria y también, es parte de la fiesta. No hay vencedor sin vencidos. Ese es el juego democrático, y sólo los tiranos no lograrían entender ni aceptar.
Entrar como primer mandatario, para salir con un ciudadano más, es algo a lo que Danilo no se preparó mentalmente. Ahí puede que radique su actitud, de ser el gran ausente de esta fiesta de la democracia, que sólo era festiva y democrática, cuando se trataba de su investidura o de su partido.
Como un testamento, el mandatario saliente, puso las condiciones previas del fatídico final: ¨Iré temprano, entregaré la banda al presidente de la Asamblea y marcharé¨. Organizó los detalles del funeral, cual si fuese el anfitrión del entierro. Eligió la ropa, el color del féretro, las oraciones y la lista de invitados. Decidió que lo cremaran y ocultaran las cenizas, para que sus enemigos en vida, no fueran a su última morada a cometer un sacrilegio y burlarse de su desdicha.
Es de esta forma como podemos entender la actitud de Medina, al cambiar de manera repentina las condiciones del traspaso de mando. No sabe perder, o lo que es lo mismo, aceptar que el pueblo no estaba obligado a tener su partido en el poder, por el tiempo que ellos quisieran, por más buena que haya sido su gestión. Eso no fue de gratis, ellos recibieron su paga y el privilegio que muchos millones de dominicanos no tendrán jamás.
Suponemos que no estaba en capacidad de sentarse a escuchar el discurso, que posterior a su juramentación, pronunciaría Luis Abinader y que hicieran referencia a una nueva forma de hacer gobierno, así como a algunos de los cuestionados tenas de corrupción, que Danilo cerró sus ojos y oídos, para no ver o escuchar. Podemos pensar que algún atisbo de megalomanía, le hicieran insoportables los aplausos que de píes, le rindieron durante ocho años, los convidados en ese mismo escenario, y que ahora, le rendían a su oponente.
La banda presidencial, que durante tantos años caminó abrazada de su cuerpo, como la dama que te jura amor eterno, ahora en el pecho de su rival. Era otro espectáculo, que, por celos o codicia, Danilo prefirió no ver. Podemos pensar que sabía del discurso, que con tanto ahínco anticorrupción Luis pronunció, como parte del cambio, algo que habría sido una bofetada a su mitómana personalidad.
Medina olvidó que a los funerales van los dolientes, amigos y familiares que le dan el pésame a los más cercanos. Olvidó que a las exequias llegan los que viven lejos y hasta los de fuera. Que hay otros que no asisten, aunque sepan la desgracia, pero se quedan en casa y solo cuando el cortejo pasa, salen a los caminos a mirar la procesión. En resumen, con su inexplicable actitud, Danilo Medina, no quiso que el pueblo dominicano pudiera, ver el difunto pasar.
Por: Florentino Paredes Reyes.
