RESUMEN
El colapso de la Unión Soviética en 1991 marcó el inicio de una era inédita en la historia del sistema internacional: la unipolaridad estadounidense. Por primera vez desde la conformación del orden westfaliano, una sola potencia acumulaba la supremacía militar, económica, tecnológica y cultural a escala global. Esta hegemonía permitió a Estados Unidos proyectar su influencia en prácticamente todos los rincones del mundo, redefiniendo las reglas de la economía internacional, las instituciones multilaterales y los parámetros de la seguridad global.
Durante la década de 1990, la globalización adquirió una velocidad sin precedentes. La liberalización de los mercados, la expansión del comercio internacional, la integración financiera y la revolución tecnológica configuraron un escenario de interdependencia que parecía consolidar la visión occidental del orden liberal. La narrativa dominante sostenía que la apertura económica, la democracia y el Estado de derecho se expandirían progresivamente, reduciendo conflictos y promoviendo la prosperidad mundial.
Sin embargo, este optimismo ocultaba profundas tensiones estructurales. La globalización generó desigualdades económicas, debilitó industrias nacionales, erosionó cohesiones sociales y expuso a los Estados a vulnerabilidades financieras. Al mismo tiempo, surgieron actores transnacionales —corporaciones, redes criminales, movimientos extremistas— que aprovecharon la interdependencia global para expandir su influencia y desafiar a los Estados tradicionales. Estos factores incubaron riesgos que estallarían de forma contundente a inicios del siglo XXI.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 transformaron radicalmente la agenda global. Estados Unidos inició la llamada “guerra contra el terrorismo”, una estrategia de alcance planetario orientada a desarticular redes extremistas como Al Qaeda y prevenir futuros ataques. Bajo esta doctrina, Washington desarrolló acciones militares, reformas internas de seguridad, programas de vigilancia global, y una política exterior más agresiva, fundamentada en la idea de las “amenazas asimétricas”.
La invasión a Afganistán en 2001 y la posterior guerra en Irak en 2003 se convirtieron en los pilares de esta nueva estrategia. La primera contaba con un amplio respaldo internacional, al dirigirse contra el régimen que protegía a Al Qaeda. La segunda, sin embargo, generó una profunda controversia geopolítica y jurídica, al invocarse la existencia de armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas. Estas intervenciones redefinieron los límites del uso de la fuerza, la legalidad internacional y la legitimidad de las acciones militares preventivas.
El orden internacional comenzó a mostrar signos de desgaste. La prolongación de los conflictos, las violaciones a derechos humanos, los costos económicos y el aumento del extremismo socavaron la legitimidad de la hegemonía estadounidense. China, Rusia y otras potencias emergentes aprovecharon este desgaste para expandir su influencia geopolítica, económica y militar. La unipolaridad, antes vista como indiscutible, empezó a erosionarse rápidamente.
En paralelo, la revolución tecnológica convirtió el ciberespacio en un nuevo campo de batalla. La vigilancia digital, los ataques informáticos, la manipulación de información y las operaciones híbridas se consolidaron como instrumentos estratégicos para Estados y actores no estatales. La seguridad global ya no dependía únicamente del poder militar tradicional, sino de la capacidad para dominar la información, los datos, las redes y la infraestructura crítica.
Los efectos de esta etapa también impactaron a América Latina y el Caribe. La interdependencia económica, la lucha contra el terrorismo, la presión por reformas institucionales y la creciente presencia de actores extrarregionales configuraron un entorno geopolítico más complejo. República Dominicana, como Estado pequeño y altamente dependiente del comercio, el turismo y la seguridad hemisférica, se vio obligada a adaptarse a nuevas dinámicas globales y regionales.
Comprender el período de la unipolaridad, la globalización acelerada y la guerra contra el terrorismo resulta esencial para interpretar las transformaciones geopolíticas actuales. Este legado explica tanto el ascenso de nuevas potencias como la vulnerabilidad de los Estados pequeños frente a riesgos globales que trascienden fronteras. Para países como República Dominicana, este análisis ofrece claves estratégicas para fortalecer su política exterior, su seguridad nacional y su inserción inteligente en el escenario internacional.
Por José Manuel Jerez
