RESUMEN
In memoriam a Pedro Henríquez Ureña.
Si alcióneos pudieran ser todos los días que me quedan por vivir, si no importara el solsticio de invierno para la calma y la serenidad ni antes ni después de ese tiempo del año, cada nanosegundo de mi existencia humana sería de reflexión tranquila, de placentera contemplación. Hurgaría, incluso, en lo que habrá de ser el destino del hombre, nada sobre el origen de todo, porque ya nada es posible hacer con lo ya ocurrido. Evoco al imprescindible Pedro, * el que nos enseñó a pensar en “los días serenos y claros, los días alcióneos”. Y al hacerlo, rindo un tributo silencioso y digno, como si su voz siguiera susurrando en medio de estos días buscados, serenos, claros.
Es mi deseo más profundo de que el tiempo que resta de mi existencia terrenal sea como esos “días alcióneos”: calmos, sin tormentas, espiritualmente apacibles. No esas horas de oscuridad invernal que invaden de tristeza la soledad. Anhelaría la serenidad como estado del ser, más allá del calendario. Dejaría, como ya dije, de indagar en el pasado, centrándome en el presente y en el futuro ético del hombre.

Podría pensarse que lo que escribo sea una meditación poética sobre la serenidad como ideal vital. Tal vez sí, tal vez no. Pueda que a lo mejor solo intente escribir el inicio de un posible diario del alma, arrítmico cuaderno de mi alma.
Escribo desde una voz interior que no se resigna, pero que tampoco forcejea con el pasado. Hay en ella una como aceptación serena de la existencia, con un deseo profundo: vivir lo que queda como se viven los días alcióneos, los que, según la mitología griega y la tradición literaria universal, están marcados por la calma perfecta, incluso en pleno invierno.
En lugar de buscar respuestas en el origen del mundo (tema desgastado y estéril), esa voz interior mía se preocupa más por lo que aún está por suceder: el futuro del hombre y mi propia experiencia vital, instante por instante. Mencioné la palabra “nanosegundo” por científica y precisa; ella se funde con un anhelo poético que atesoro: que cada fracción de tiempo esté habitada por la calma contemplativa.
Por Miguel Collado
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*Pedro Henríquez Ureña, uno de los pensadores dominicanos más universales.
