En política, el contexto lo es todo. Un gesto aislado puede parecer irrelevante, pero cuando ocurre en el momento equivocado puede convertirse en un símbolo de desconexión, insensibilidad y falta de tino. Eso fue exactamente lo que ocurrió con el ya famoso video del “vinito”, protagonizado por Tony Peña Guaba, y que terminó costándole un cargo en el Gobierno.
El video no surge en el vacío. Aparece justo cuando estalla el caso de Senasa, un episodio que sacudió la opinión pública por las denuncias, cuestionamientos y preocupaciones sobre la gestión de una institución clave para millones de dominicanos. El país vivía un clima de indignación, desconfianza y exigencia de explicaciones, especialmente en un sector tan sensible como la salud.
En ese contexto, la difusión de un video mostrando a un alto funcionario en un ambiente distendido, celebratorio y aparentemente despreocupado fue percibida por amplios sectores de la ciudadanía como una provocación involuntaria. No importó la intención del protagonista ni el carácter privado o informal del momento: la imagen chocó de frente con el ánimo social del momento.
Las redes sociales hicieron lo suyo. El video fue replicado y comentado hasta convertirse en un símbolo de desconexión entre la clase dirigente y la realidad que vivían los ciudadanos. El repudio no fue solo al contenido del video, sino a lo que representaba: una falta de lectura del clima social en un momento crítico.
Más que el “vino”, lo que se castigó fue el timing político. En medio de un escándalo que exigía sobriedad, empatía y respuestas claras, la imagen transmitida fue la contraria. En política, las percepciones pesan tanto como los hechos, y a veces más.
La posterior destitución de Peña Guaba, formalizada mediante decreto presidencial, debe leerse también como un mensaje político: en escenarios de crisis, los funcionarios están llamados no solo a gestionar, sino a cuidar el símbolo que encarnan. La responsabilidad pública no termina en el despacho; se extiende al comportamiento, la imagen y la sensibilidad frente al dolor o la indignación social.
Este episodio deja una lección clara para la gestión pública contemporánea: no todo momento es celebrable, ni todo gesto es inocuo. Cuando el país exige respuestas, cualquier señal de ligereza puede convertirse en un detonante. Y así, un simple vino en el peor momento posible terminó saliendo demasiado caro.
El autor es abogado, Master en Ciencias Políticas, presidente de FUJUDEL
Por Pablo Vicente
fujudel@gmail.com
