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16 de marzo 2026
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OpiniónPadre Manuel Antonio García SalcedoPadre Manuel Antonio García Salcedo

Un vía crucis para recibir salud del alma

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RESUMEN

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En búsqueda de la salud integral

San Francisco de Asís descubrió que la mejor catequesis para su tiempo y para quienes le rodeaban ante tantas precariedades de vida sería el representar viviente de los Misterios de Cristo, su nacimiento y su dolorosa pasión hasta la muerte en Cruz. Los eventos sucedidos en torno al alumbramiento del Salvador del mundo en Belén o Casa del Pan son el vivo anuncio de la suerte que correría el Hijo de Dios al final de sus días en esta tierra.

Toda la vida de Jesucristo, nacido de María, la Virgen, ha dado como resultado el camino de la cruz o Vía Crucis, práctica devocional tan propia del tiempo de Cuaresma, en específico los viernes. Actividad religiosa que inicia en los primeros siglos de la vida de la Iglesia para meditar en los sufrimientos finales de la persona de Cristo, situación común a todo hombre de todos los tiempos comprometido con una mejor sociedad y un mundo conforme a los valores que caracterizan a toda persona de buena voluntad, los llamados constructores de paz y forjadores de justicia.

Una sana contemplación de la agonía, los dolores, la tristeza, la soledad y el abandono en cuerpo y alma del Mesías proveniente de la Galilea de los gentiles. La Vía Dolorosa es el camino que recorre todo ser humano hasta la hora de la cita de la muerte, suerte común a todo ser viviente. Las situaciones más difíciles y dolorosas en lo físico, psíquico y espiritual encuentran espacio e identificación con la ruta sagrada de Jesucristo hasta su deceso cruel, humillante y sangriento en el calvario.

La Pasión de Cristo se completa en el dolor salvador vivido en cada persona. Es el proceso que viven los inocentes ante acusaciones y juicios injustos, con condenas fraudulentas y manipuladas, teniendo quien las sufre que convivir y sucumbir ante verdaderos criminales y malvados.

Las últimas horas, la muerte y la sepultura de toda persona están incluidas en la muerte del Salvador del mundo. Un llamado a hacer penitencia y asumir una actitud de arrepentimiento, sencillez y gestos de humildad y misericordia.

Desde el siglo IV d. C., en Jerusalén, se recorrían los pasos de Cristo condenado con la cruz a cuestas hasta llegar al lugar de la crucifixión de todos los malhechores que le acompañaron. Cada Cuaresma y cada Semana Santa nos incluye en este acontecimiento histórico. En los Evangelios Canónicos se describen los pasos o estaciones del Vía Crucis. Estaciones en las que podemos clamar por consuelo, fortaleza y esperanzas de superar las crudas adversidades de aquello mismo que el Señor tuvo que vivir en grado extremo.

Todos tenemos un camino de vida que recorrer. En ella no hay escape a las dificultades de las cuales no podemos escapar, aunque huyamos de ellas, nos toparemos de frente en muchos momentos y en la hora final. Hay que abrazar la Cruz de Jesús. No es un morbo, ni un masoquismo, ni un sadismo. Es dejar de huir, de escapar y superar lo que nos desafía a ser hombres y mujeres de una sola pieza, con nuestras llagas, heridas, golpes duros y secuelas con las que hemos de seguir adelante en todos los ámbitos.

Son tres las caídas de Jesús al cargar la cruz. Incluso tienen que ayudarle, porque el Hijo del Carpintero no sabía de rudezas ni de hacer violencia a sus hostigadores opositores. Agotamiento, no daba más el Señor. Superó sus límites aquella situación de tinieblas y traiciones.

Interrogatorios, horas de privaciones de sueño, alimento, baño, abandono de sus cercanos y traición de las multitudes a las que enseñaba, alimentaba y sanaba, injurias, despojo, golpes, burlas, atropellos, azotes, espinas y todo lo tormentoso de un proceso injusto, arresto, torturas y condena.

Talante psicológico de Jesucristo, respuesta a todo esto: silencio, mansedumbre, anonadamiento, corazón sin odio y rencor. Verdaderamente el Hijo de Dios. La familia también sufre todos estos procesos, y nosotros los de nuestros familiares y cercanos. La Virgen María, Madre de Jesús, aparece en la cuarta estación del Vía Crucis y luego en el descendimiento de su Hijo de la Cruz.

Hacer de todo lugar un lugar de veneración de la muerte y resurrección del Señor. No hace falta peregrinar a los mismos lugares en Tierra Santa, si no se puede hacer o si se considera que se debe emplear esos recursos y tiempos para ayudar a los más cercanos. ¡Quien tiene necesidad extrema de hacerlo que lo haga! Pero, que luego se noten los frutos de generosidad y bondad con todos de dicho viaje.

La Pasión Dolorosa de Cristo abarca todos los calvarios humanos y cuánto Vía Crucis estemos cada uno recorriendo, por culpa propia, por ignorancia o por injusticia de los demás. Una moderada y atenta meditación y oración de dichas estaciones del sufrimiento del Señor, preferentemente con otras personas, contribuyen a una mirada esperanzada y a la convicción de que toda dificultad ha de concluir un día en vistas a la intervención y resurrección del Señor.

El Papa San Juan Pablo II agrega la estación número 15 al Vía Crucis: la Resurrección del Hijo de Dios. La invitación es a que pidamos salud mental, fortaleza física y paz espiritual, así como arrepentimiento por muchas faltas cometidas contra los demás, comportamientos caritativos y perdonar a los que tanto daño han hecho.

El autor es doctor en Teología.

Por: Padre Manuel Antonio García Salcedo.

Arquidiócesis de Santo Domingo

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