RESUMEN
I. DE LOS RECUERDOS
Los recuerdos nos asaltan, nos visitan y se van. A veces los buscamos en lo profundo de nuestra memoria y no aparecen: se diluyen con el tiempo. Son como fantasmas devorados por el olvido. Sí, el olvido es el irreconciliable enemigo de los recuerdos; la amenaza constante de la memoria humana.
Los recuerdos nos permiten tejer la historia personal o familiar, reconstruir escenas esenciales que pueden darle sentido a lo que hemos sido o ayudarnos a encontrar la explicación de la nostalgia que a veces nos asalta, sumergiéndonos o en una sutil melancolía o en una vivificante alegría que nos hace sentir el deseo de volver hacia atrás, de retornar a ese pasado que solo es posible recuperar en nuestra memoria. ¿Acaso por ese indestructible vínculo de los recuerdos con nuestra vida pasada en el plano emocional-afectivo es que se suele decir que recordar es vivir?

Los recuerdos tienen, incluso, su olor particular. Son valiosos depósitos de nuestras experiencias más remotas: desde ese estado de oscura presencia en el vientre de nuestra madre, pasando por ese grandioso momento en que por primera vez sentimos los besos luminosos de un mundo exterior, hasta ese primer instante en que nos estrenamos en el amor, luego de las vivencias infantiles bajo la vigilancia memorable de quienes nos han procreado.
Los recuerdos nos ayudan a mantenernos conscientes de lo que somos, de nuestra identidad. Sin ellos no es posible explicar y entender pasajes de nuestra vida pasada que fueron determinantes en la conformación del ser que hoy somos. Dolorosos o no, agradables o no, dulces o amargos, ellos nos sirven de brújula orientadora para no perdernos olvidando lo que somos, lo que fuimos. Cuando los perdemos, ya dejamos de ser: es como caer en el vacío más total, en la nada.

II. DEL TIEMPO (Como una voz en off: mi conciencia)
Mientras los recuerdos nos muestran quiénes fuimos y nos permiten ver en nuestro interior los momentos que nos definieron, hay un hilo invisible que los sostiene: el tiempo. No es solo el reloj que mide los días, sino la presencia silenciosa que deja madurar cada experiencia, que transforma la emoción cruda en entendimiento y la vivencia efímera en conocimiento duradero.
Algunas memorias se revelan de inmediato, y otras necesitan años para alcanzar su forma completa, como un lienzo que se pinta lentamente mientras la luz cambia de ángulo. O como un poema que se va construyendo a sí mismo mientras lo rumiamos. El tiempo no solo nos enseña lo que fuimos, sino que nos prepara para lo que veremos en el silencio de los otros, en aquello que no se dice pero que palpita en la relación humana.
Así, antes de enfrentarnos al silencio —ese espacio donde las palabras se detienen y la verdad se insinúa—, el tiempo nos ha dado la perspectiva para comprender, acoger y sentir. Nos permite que cada instante vivido tenga su lugar y su significado, y que lo que callan los demás no nos encuentre desprevenidos.
III. DEL SILENCIO
El silencio envía un mensaje quizá mucho más claro que un extenso discurso escrito o hablado.
Igualmente dicen más que las palabras y que el silencio mismo las reacciones airadas, de mal humor, de aquellas personas a las que se les hacen preguntas cuyas respuestas prefieren mantener ocultas hasta la muerte. ¿Acaso por vergüenza o porque temen quedar desnudas ante la verdad disfrazada de mentiras y engaños?
En las relaciones humanas eso es común: en los ambientes laborales, en el mundo de los negocios o del espectáculo, en el seno familiar y en las relaciones de pareja cuando la honestidad no existe.
Sí, el silencio es una respuesta; quizá sea la que más duele, porque nos deja un hondo vacío y una desagradable sensación de haber sido tratados como NADA.
No siempre es aplicable el universal refrán —«quien calla, otorga», es decir, admite—, pues no siempre es así: con frecuencia hay mucho más que «admisión de culpa»: pueda que oculte o se niegue a revelar el interpelado una estremecedora verdad…cuando el silencio es la respuesta.
IV. EPÍLOGO
Al final, lo que somos se sostiene sobre tres pilares invisibles: los recuerdos que nos definieron, el tiempo que los moldea y los silencios que nos enseñan a escuchar más allá de las palabras.
Cada instante vivido deja su huella, cada memoria guarda su aroma, y cada pausa nos recuerda que no todo puede decirse. Así, el trípode de nuestra experiencia permanece firme, invisible pero inquebrantable, sosteniendo la esencia de lo que fuimos, lo que somos y lo que aún nos espera.
Porque en la vida —como en la literatura— la profundidad se encuentra en lo breve, y la verdad más clara, muchas veces, en lo que callamos.
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*Basado en mi libro El placer de lo breve: reflexiones y aforismos. Nota de contraportada: Alejandro Arvelo. Santo Domingo: Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (CEDIBIL), 2020. 158 p. (Publicaciones CEDIBIL; vol. XXXIX. Serie «Crecer»; no. 4).
Por Miguel Collado
