RESUMEN
En República Dominicana, cada aguacero se convierte en un espectáculo repetido: calles convertidas en ríos, casas flotando en aguas negras, colchones mojados secándose al sol como si la miseria se pudiera airear. No es la primera vez ni será la última. Y lo más triste es que ya nadie se sorprende.
El problema no es la nube, es el suelo que pisamos. La lluvia no es culpable de alcantarillas tapadas, de barrios levantados en zonas de riesgo, ni de presupuestos que se esfuman antes de llegar donde tienen que llegar. Cada tormenta desnuda al país entero: un Estado que aparece después de la catástrofe, nunca antes.
Pero la tormenta no solo destapa drenajes colapsados, también destapa discursos huecos. Mientras los barrios se ahogan, el presidente se luce en escenarios internacionales hablando de ética, transparencia y lucha contra la corrupción. Afuera, un hombre espera horas por medicamentos que no existen en un hospital público. Adentro, una madre se pregunta cómo pagar la factura eléctrica que devora medio sueldo. Esa grieta no la tapa ningún discurso bonito.
Sí, hemos visto funcionarios desfilar por tribunales. Pero la corrupción no son solo expedientes judiciales: también es cuando el 911 nunca llega, cuando la canasta básica sube cada semana, cuando la gente siente que los servicios públicos se caen a pedazos. Mientras tanto, las cámaras internacionales aplauden, pero aquí la realidad sigue igual: la nevera vacía, la medicina ausente, el apagón que vuelve como visita indeseada.
Cada lluvia, cada crisis, cada apagón nos recuerda lo mismo: que el país se inunda aunque no caiga una sola gota de agua. Se inunda de abandono, de promesas incumplidas, de un cansancio colectivo que ya no sabe si esperar soluciones o seguir inventando maneras de sobrevivir.
Gobernar no es posar para afuera ni apagar incendios con palabras. Gobernar es estar en el asfalto, en la sala de emergencias, en la casa que pierde todo cada vez que llueve. Y hasta que eso no pase, cada nube gris seguirá siendo más honesta que cualquier discurso presidencial.
Por Ann Santiago
