RESUMEN
Mientras leo y analizo las últimas señales de alarma desde Oriente Medio con el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán escalando y el Estrecho de Ormuz convertido en un punto de inflexión geoestratégico una pregunta se impone con brutal claridad: ¿Hasta cuándo República Dominicana seguirá pagándole a un tablero mundial que no controla y que ahora está en llamas?
Ayer, 20 millones de barriles de petróleo cruzaron por Ormuz, uno de los cuellos de botella energéticos más críticos del planeta. Hoy, ese flujo está prácticamente detenido, no por un ataque directo, sino porque las principales aseguradoras marítimas, encabezadas por Lloyd’s de Londres, cancelaron sus pólizas de seguro para tránsitos por el estrecho tras el inicio de los ataques entre EE. UU. e Irán. Sin cobertura, no hay tránsito; sin tránsito, no hay combustible; y sin combustible, la economía global y la nuestra, aquí en el Caribe, sienten el golpe de inmediato.
Las cifras no son abstractas. El Financial Times reportó aumentos en primas de riesgo de hasta 50% en cuestión de horas, confirmando que transitar por Ormuz ya no es un negocio que se pueda asegurar ante la amenaza de guerra (FT, 2026). Goldman Sachs y JP Morgan proyectan ahora precios del crudo Brent en un rango de 110 a 130 dólares por barril, niveles que reavivan presiones inflacionarias globales y sacrifican sectores clave como la aviación y el transporte (Goldman Sachs, 2026; JP Morgan Chase, 2026).
Aquí, en República Dominicana, ese shock no es remoto; ¡ES INMEDIATO!
República Dominicana no produce petróleo ni gas. Importamos prácticamente toda nuestra energía y la mayor parte de nuestros alimentos. Eso significa que cuando suben los precios internacionales, esas alzas se transfieren directamente a los bolsillos de los dominicanos, sin amortiguadores efectivos.
Nuestros productores agrícolas locales ya han advertido sobre una crisis alimentaria silenciosa. Según el Ministerio de Agricultura, más del 60% de los alimentos que consumimos desde granos hasta aceites y fertilizantes provienen del exterior. Con el combustible encarecido, los costos logísticos se disparan, y el precio final en góndola se dispara. Para el productor de pollo familiar en San Francisco de Macorís, por ejemplo, los insumos como maíz y soya, importados en su mayoría, ya cuestan entre 20% y 30% más que hace un año, según datos del Clúster Avícola Dominicano (2026).
Mientras tanto, el sector eléctrico tiene una hemorragia crónica. La Cámara Americana de Comercio en República Dominicana (AMCHAMDR) calcula que el sistema térmico, que depende casi totalmente de combustibles caros importados, ha generado pérdidas operativas que suman miles de millones de pesos al año. Esto se traduce en un hoyo fiscal que agrava la ya frágil situación de las finanzas públicas, independientemente de quién esté sentado en el Palacio Nacional.
Las familias dominicanas ya sienten el impacto:
Transporte público más caro.
Productos básicos subiendo de precio.
Más presión sobre los presupuestos familiares.
El Banco Central de la República Dominicana ha advertido recientemente sobre un posible retorno de la inflación importada, que amenaza con borrar los avances logrados en los últimos dos años en control de precios (Banco Central, 2026). Esta no es una crisis teórica: es la realidad de los precios en tu carrito de supermercado, en tu factura electrica y en el pasaje de autobús o concho.
Pocos quieren decir esto en voz alta
Este conflicto que estalla a miles de kilómetros nos ha expuesto como lo que somos: una economía pequeña y abierta, sin autosuficiencia energética ni alimentaria. Nuestra vulnerabilidad no es nueva, pero ha sido severamente amplificada por un mundo que ahora mismo está en guerra económica y fragmentación geopolítica.
Mientras los portaaviones pueden cruzar mares, no pueden obligar a reabrir una póliza de seguro ni bajar una prima de riesgo. Eso lo dijo con brutal claridad un análisis crítico de la situación: “No necesitas cerrar un estrecho. Solo necesitas volverlo inasegurable”, y eso es exactamente lo que ha ocurrido (Substack, 2026).
Lo que tenemos que enfrentar
Las ramificaciones para República Dominicana son claras:
Más inflación en alimentos y energía.
Menor crecimiento económico por mayores costos de producción.
Mayor presión fiscal por subsidios en electricidad y transporte si se mantiene esta situación global.
Menor margen de maniobra para políticas sociales y económicas que beneficien a la mayoría.
No se trata de miedo.
Se trata de reconocer que la geopolítica global y, en este caso, una crisis energética sin precedentes se traduce en dolor económico aquí, en casa, en cada factura y en cada bolsillo.
En un mundo fracturado, nuestra política económica y de seguridad alimentaria debe dejar de ser reactiva y convertirse en estratégica, autosuficiente y preparada para choques externos que ya no están en el horizonte, sino en el presente.
Por Yelandra Sanchez Carbonell
