RESUMEN
Según Colomé Reyes, nuestros rituales funerarios se derivan de viejas tradiciones de la Antigua Roma y parte de Grecia. Para el maestro Kauris, estas tradiciones la hemos heredado a través del cristianismo en su versión católica. Añade, además, que es bueno recordar que el catolicismo floreció principalmente en Roma, de la cual asimiló muchas costumbres religiosas, las cuales las fue adaptando al cristianismo, lo que produjo, a su vez, un sincretismo religioso, ajeno a las raíces mismas del cristianismo original.
En el caso particular de la sociedad dominicana, la celebración del velatorio, velorio, los rezos o los nueve días, y otros rituales post mortem, los hemos adquirido de la Colonización, como parte de la cultura española. Asimismo, estos rituales culturales han servido o sirven más bien de inspiración poética y artística, en los cuales la literatura, la música, etcétera, encuentran un amplio nicho de fuentes plectro, a manera de musa, que le proporcionan el material idóneo para su narrativa.
En el caso particular del cuento Un mes de muerta, texto literario que pertenece al libro que lleva el mismo título; de la autoría de la maestra y catedrática de la UASD, Nathalie García, San Francisco de Macorís (Últimos Monstruos Editores, 2017), y segundo lugar en el Certamen de talleres literarios, renglón cuento «Feria Regional del Libro Hermanas Mirabal, 2015». Aquí la autora pone de manifiesto a través de su imaginación algunas realidades que, aunque a simple vista parezcan ficticias, no dejan de poseer cierta razón de ser.
Por ejemplo, cuando la voz o protagonista-narradora –en primera persona–, expresa:
«Me veo ahí. Soy yo. Muerta. Casi nadie llora. Algunos se desesperan, no por mi muerte sino por el tremendo calor…»
con estas posiciones la narradora se adentra en el «pensamiento» de la difunta, lo que podría estar viviendo al «presenciar» su propio velatorio. Se autocritica, como si hubiera vida después de la muerte:
«¡Qué horrible aspecto tengo! He visto muertos más bonitos»
Un mes de muerta de Natalie García es un monólogo que relata a viva voz los niveles de hipocresía que prevalecen en el ser humano en las sociedades actuales, los cuales están presentes en todos los niveles sociales: castas, pobres, religiosidad, y un largo y tendido etcétera:
«El cura habla para los presentes. Eleva súplicas al Señor por mi alma. Resalta muchas cualidades. -¡Un momento¡ ¡yo no era tan buena¡»
En este soliloquio, muy bien logrado, por cierto, la sujeto narradora expresa con ironía hasta cierto punto muchas veces, lo que se vive en los velatorios dominicanos principalmente, acciones que las generaciones van heredando de manera automática, por lo menos en las zonas rurales del país, donde aún permanecen arraigadas estas costumbres, de velar a sus seres fallecidos en los hogares. En consecuencia, muchas personas que residen en países extranjeros y pierden a sus parientes en casos de fallecimientos, toman un vuelo para verlo en su última morada. Sin embargo, la autora hace una crítica sutil a este comportamiento:
«…¡Qué cosa¡ Mi muerte es la excusa perfecta para comprar un pasaje de avión y vacacionar en Santo Domingo.»
«El don nadie, padre de mis hijos, no perdió tiempo y “sufriendo” mi muerte se refugió en los brazos de Rosa. Pobre Rosa yo ya estoy muerta, pero ella no sabe lo que le espera.»
Con estas palabras, que bien describen una relación marital funesta, la protagonista finaliza su soliloquio dejando a modo de final abierto, una estela de intriga, que invade la imaginación de quien lee el cuento, y, al mismo tiempo, alimenta su curiosidad.
No cabe duda alguna que, en Un mes de muerta, de Nathalie García, tenemos una narrativa llena de realidades ocultas, que por siglos han estado presentes en los habituales velatorios que se llevan a cabo en el pueblo dominicano, y que son dignas de estudiar desde diversas disciplinas, no sólo desde la analítica, sino, además, desde la semiótica o semiología, desde el discurso, entre otras disciplinas lingüísticas.
Por José Santana
