RESUMEN
El viejo reloj de pared marcaba las 10: 31 de la mañana, los 10 bancos de madera del salón del Juzgado de Paz de Constanza estaban totalmente ocupados compuesto por campesinos, alistados de la Fuerza Aérea Dominicana, ciudadanos del pueblo y en un rincón alejado un niño de unos diez años pendiente de todos los movimientos.
Ya el secretario del Tribunal había dispuesto la ubicación de los acusados, un teniente y un sargento de la Fuerza Aérea y en el otro extremo, junto al fiscal, dos hombres de campo, luciendo sus mejores galas, un pantalón negro de casimir y una camisa azul uno y el otro, de color blanca.
El juez, un señor blanco, de pelo negro peinado hacia atrás, entrado en libras.
Observaba tranquilo el panorama del Juzgado.
Aunque la temperatura ambiental era agradable, en el tribunal se sentía un calor que contribuía a la tensión del ambiente.
Los alistados y oficiales se percibían distendidos, como si fueran a adivinar los resultados de la sentencia.
Los campesinos acusadores se veían con la preocupación marcada en el rostro.
El secretario leyó con destreza el acto redactado para presentar la acusación contra los dos oficiales.
Los hombres de campo demandaban justicia ya que sus sembradiós de habichuelas y lechugas habían sido diezmados por la contínua intervención de una gran cantidad de gallinas y gallos, a pesar de la reiterada queja de los afectados.
El fiscal solicitaba la suma de $1,000 pesos para resarcir la pérdida ocasionada a los 2 campesinos.
Un militar con rango de capitán inició un discurso en un tono grosero y prepotente, condenando a ese tribunal por poner en tela de juicio a dos honorables militares por un pequeño accidente, cometido por unas gallinas, oigan bien, por gallinas.
Se ve que estamos viviendo tiempos de libertinaje, por la desaparición del Generalísimo.
Cómo es que dos ciudadanos cualquiera pretendan enjuiciar y someter a estos guardianes de la Patria.
Por su atrevimiento debieran ser encarcelados por varios meses y botar la llave de la celda.
El mazo sonó más fuerte que nunca y sla voz lenta, de peso del juez retumbó en todo el salón.
-Aquí no se debate el respeto o no a un gobernante depuesto, cuyo accionar afectó a muchas familias con crímenes y acciones horrendas.
Sencillamente aquí se debate el abuso de unos oficales a los intereses de unos humides agricultores que sembraron sus predios como medio de sobrevivencia.
Demostrado está que dichos oficiales se hicieron los sordos ante el reclamo de estos infelices para que sus aves no destruyeran sus cultivos como finalmente ocurrió.
Acojo en toda su amplitud la solicitud del fiscal para que los elementos demandados entreguen en un plazo no más tardar de una semana el monto indicado en la demanda.
Cuando el juez concluyó su exposición, el público explotó en aplaudos y vivas por la sentencia dictada
Mirada de odio y gestos despectivos dirigidas por el oficial encargado de la defensa de los acusados.
No habían transcurrido 24 horas cuando el juez Fernando Despradel recibió un telegrama removiéndolo de sus funciones.
Esa posición justa y apegado a los principios de la justicia le ganaron al administrador de justicia de esta jurisdicción la admiración de toda la comunidad y cada juicio representaba un espectáculo de administración justa y correcta de los derechos y respeto de los ciudadanos.
El juez se llamaba Fernando Despradel, era mi padre.
En su honor y con mucho orgullo escribo esta reseña.
Por Fernando Despradel
