RESUMEN
El poeta Rengifo Llagaria se acercó a mí. Se le notaba inquieto; sombrío y pálido su rostro. Lo invito a sentarse a mi mesa. Algo lo angustiaba y parecía sentir la necesidad de expulsarlo para liberarse. Y así fue:
Miguel, ¿te has imaginado alguna vez borrando de ti la faceta de escritor? Si eso hicieras, ¿sabes tú con qué te quedarías? ¿Qué serías tú si, de repente, como en un acto suicida, decidieras no investigar más, no escribir más? Incluso no editar más. ¿En qué punto quedaría tu vida? ¿A qué estaría reducida tu vida? ¿Te has preguntado eso, Miguel?
Ahora bien, ¿para qué sirve un escritor en estos tiempos de virtualidad febril, de inteligencia artificial hasta para hacer el amor? ¿Acaso lo sabrá el poeta Víctor Bidó o el poeta José Alejandro Peña, cuyas vidas no me las imagino desconectadas del embrujo de un verso? Colocados ante un espejo vertical y gigante, ¿se habrán hecho ellos alguna de esas preguntas, Miguel? ¿Lo has hecho tú? ¿Lo habrá hecho el poeta Jimmy Valdez o la poeta Claribel Díaz?
Es que ansío saber de qué modo puedo dejar de ser escritor sin sentir el gran vacío interior que me produce tan solo el pensarlo. Es como sentir amor por las cadenas siendo esclavo, negarse a ser libre de ataduras.
Creo, Miguel, que solo me queda la resignación como camino y entender que no aceptar lo que soy, negarlo, equivale a dejar de ser.

—¿Te sientes mejor, Rengifo? —le pregunté.
—Sí, Miguel. Gracias por escucharme; gracias por comprenderme.
Se despidió en silencio, erguida la frente, y como inflado el pecho, lleno de alegría y transformado su rostro.
Autor Miguel Collado
