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22 de marzo 2026
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OpiniónAmado Alejandro BáezAmado Alejandro Báez

Un costo oculto

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

Voy a decir algo que puede incomodar: muchas veces, cuando creemos que estamos denunciando lo malo en nuestra sociedad, en realidad lo estamos financiando.

Muchos se obsesionan con criticar la inmoralidad del otro. Al político, al empresario, al rico, al urbano, al que piensa distinto, al que se equivoca en público. Y buena parte de esas críticas no nacen sólo del deseo de corregir, sino de algo más cómodo y peligroso: la autoasignación de una superioridad moral. Criticamos desde arriba. Desde el “yo no soy así”. Desde la necesidad de exhibir que estamos del lado correcto, de que «soy mejor». Eso se siente bien. Da identidad. Da aplausos. Da likes.

Pero las redes sociales no funcionan por valores, funcionan por algoritmos. Y los algoritmos no distinguen entre denuncia y aplauso: distinguen atención. Clicks. Comentarios. Tiempo de pantalla. Eso es lo que se monetiza. En ese ecosistema, cada vez que hablamos de los “malos actores”, incluso para condenarlos, los amplificamos, los hacemos más visibles, más influyentes y muchas veces más ricos.

Aquí está la paradoja incómoda: mientras más intentas vender tu moralidad, más ayudas a financiar la inmoralidad que dices combatir. Tu indignación se convierte en combustible, tu superioridad moral en capital ajeno.

Nos molesta su poder, pero lo alimentamos.
Nos indigna su alcance, pero lo multiplicamos.
Nos quejamos de que dominan la conversación, pero ayudamos a mantenerlos en el centro.

Y mientras tanto, nosotros nos vamos tranquilos. Porque ya criticamos. Ya opinamos. Ya demostramos que somos “mejores”. Criticar es barato. Construir cuesta.

No estoy diciendo que la crítica no sea necesaria. Lo es. La denuncia también. El problema es cuando la crítica se vuelve espectáculo, identidad y negocio emocional. Cuando reemplaza la acción. Cuando se convierte en una forma elegante de no involucrarnos.

Hemos construido una cultura donde exhibir el error ajeno da estatus. Donde la llamada “superioridad moral” no nace del deseo de mejorar nada, sino del impulso egoísta de posicionarse por encima. Señalar vende más que apoyar. Denunciar da más visibilidad que construir.

Mientras tanto, las buenas acciones pasan desapercibidas. No se amplifican porque no generan morbo, no provocan pelea y, sobre todo, porque muchas veces no vienen de los nuestros. No son del partido correcto, del grupo correcto, ni del bando correcto. Reconocerlas implicaría algo incómodo: bajarnos del pedestal, aceptar que no somos el centro moral de la conversación y que el bien también ocurre sin nuestra aprobación.

Así, sin darnos cuenta, hablamos mucho de valores mientras invertimos nuestra atención en fortalecer antivalores. Y en ese proceso diluimos lo único que realmente puede cambiar las cosas: el esfuerzo colectivo. La construcción paciente. El trabajo incómodo que no da likes.

Nos hemos vuelto expertos en señalar y muy malos en corregir.

La crítica constante también tiene otro efecto perverso: nos evita mirarnos. Siempre hay alguien peor. Siempre hay otro a quien culpar. Y así nunca nos preguntamos qué estamos haciendo nosotros (fuera de las redes) para mejorar aquello que tanto denunciamos.

Tal vez por eso avanzamos tan poco.

Porque una sociedad no se transforma a punta de indignación viral ni de moralidad performativa. Se transforma cuando hay gente dispuesta a hacer más de lo que publica, a apoyar más de lo que critica, y a entender que cada click es una decisión ética.
entregándolo muy mal.

Si de verdad queremos una República Dominicana mejor, tal vez el primer paso no sea gritar más fuerte, sino elegir mejor a quién le regalamos nuestra atención.

Porque hoy la atención es poder. Y cada vez que la usamos para alimentar el morbo, se la quitamos al bien que sí merece crecer.


Por Amado Alejandro Báez

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